El cambio que esta sociedad precisa implica concertar un frente político social estructurado a partir de un programa mínimo y un efectivo compromiso que garantice que conquistar el poder no se quede en la mera sustitución de rostros, sino que se materialicen las enmiendas posibles dentro de una coyuntura que no permite transformaciones en la dimensión que muchos pudiésemos pretender.
El trabajo político para la consecución de ese objetivo trascendente debe llevarse a cabo con el mayor rigor que se pueda alcanzar y en todo caso implementarse con sentido grupal, colectivo, jamás a partir de acciones individualistas, aisladas y con una alta dosis de protagonismo, porque ese es un camino que, por repetido e inútil, conducirá a las mismas frustraciones del pasado tras los fracasos que aniquilaron tratativas similares a la coalición necesaria que se intenta fraguar en la actualidad bajo dos premisas fundamentales que son el inmenso poder de la fuerza política hegemónica y la certeza de ser la única manera de convertir el cambio en una esperanza que no finalice en otra decepción para la nación.
Claro que una tarea de esa magnitud no pueden hacerla quienes supongan que la política y la lucha por hacer prevalecer ideas se hace con visión puritana de la vida ni por quienes se auto definen como los buenos de la película en contraposición a los demás que son catalogados como representantes del demonio. No es así, pero lo que deba hacerse tendrá que realizarse con transparencia y desarrollando la agenda confeccionada por consenso y en base a principios, valores y líneas programáticas acordadas.
Es obvio que lograr lo propuesto supondrá sostener encuentros e intentar conciliar con ideas y actores no del todo cónsonos con nuestras convicciones, pero si se realiza dentro de los parámetros descritos, y con voluntad de asumir compromisos comunes, no veo nada abominable en eso ni que sea ajeno a tácticas naturales que a través de la historia han supuesto las batallas por el poder.
Lo anterior es una cosa y otra muy distinta entrar en conciliábulos aislados con figuras que han manifestado adhesión a métodos que significaron sangre y dolor para este pueblo, lo cual refleja una posición política que trasciende lazos consanguíneos que se puedan tener con figuras protagónicas de esas etapas. Por eso me espantó ver al apreciado Claudio Caamaño Vélez en conversaciones políticas no con el nieto del tirano, sino con quien asume su gestión.

