Opinión

Carlos Fuentes

Carlos Fuentes

Alto, bello, cultísimo, cortés, principesco, talentoso, extraordinario escritor, amigo de García Márquez, de Bill Clinton y de Miterrand, políglota, cinéfilo, bon vivant, amante de las escritoras y actrices más bellas, Carlos Fuentes tenía todos los atributos para ser el emperador de las letras en su país y el más feliz de los mortales.

Sólo que no contaba con  que esos dones, que lo habían  predestinado a ser el amo de su Terra Nostra, (obra maestra de un visionario, donde cohabitan varios tiempos históricos en una novela), desatarían esa peor de  las excrecencias humanas: la envidia que actúa en conjunción con el mal (que existe, puedo asegurarlo) para  dañar.

Deslumbrada por su región más transparente, percibí los  primeros vestigios de esa envidia en una escritora, durante mi primera visita a México, pero deduje que su resentimiento no era literario.  El escritor más bello de México nunca se había interesado en ella como mujer, algo que su ego no soportaba.  También los percibí en un “camarada culturoso”, que no soportaba el origen de clase del más gentleman de los escritores de su tiempo.

Me puse a investigar si el mal como ejercicio en el mundo literario era una práctica común y comencé con los escritores ingleses, cuyos textos tienden a reflejar, con excepción del grupo Blommsbury, de Virginia Woolf, (¿por el Marxismo de Leonard?) magia angélica y mística, pero también nigromancia, vampirismo, conocimiento de la cabala, hermetismo y turgia (ars maligna).

Famosos en ese campo fueron William Butler Yeats, Arthur Machen, con su cuento “Gran Dios Pan”, Arihman Algernon Blackwood, Bernard Shaw y W. Somerset Maugham.  Del grupo de grandes escritores ingleses solo se escaparon los católicos: Pope, Chaucer, Chesterton, Wilde, Conrad, Joyce, Green y Heaney, entre otros, por su negación a vincularse con la magia negra.

¿Por qué se sospecha que Carlos Fuentes fue víctima de la envidia convertida en maleficio? Porque, (posiblemente por protecciones espirituales heredadas) quienes recibieron el maleficio de la envidia encarnada fueron sus dos hijos.  Primero  Carlos Fuentes Lemus, a quien el escritor  retrata en su libro “En esto creo” como talentoso, poeta, pintor, guionista de cine y hemofílico, quien después de confesarle en medio del llanto que “estaba maldito”, se suicidó en Puerto Vallarta, en 1999.  Tragedia que alcanzó dimensiones Shakesperianas, cuando su hija Natasha, el 22 de agosto de 2005, fue asesinada debajo de un puente en el barrio marginal de ciudad México que se llama Tepito.

Y lo que no había logrado la crítica malintencionada, el chisme, la calumnia, lo logró el ensañamiento del mal en sus dos hijos: la muerte en vida del más extraordinario de los escritores mexicanos.

¿Enseñanza?  No hay reconocimiento humano que justifique la pérdida del alma.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación