A Caamaño
Señor director:
Las palabras no alcanzan para medir la grandeza del coronel de abril, el hombre que arriesgó su vida por este país, el patriota de mayor entereza en los últimos tiempos, el hombre que encarnó la valentía cuando muchos dirigentes políticos se declararon enfermos o se marcharon del país para no participar en una guerra contra un enemigo que lo será durante toda la vida y que, en mucho tiempo, no dejará de ser poderoso.
Francisco Alberto Caamaño Deñó es ejemplo de militar revolucionario, de hombre que supo que el uniforme no es para exhibir poder personal y lucrarse de él, sino para serir a la patria, de militar con cuyo ejemplo deben ser educados hoy los hombres y mujeres de uniforme.
La historia, no es cierto que los pueblos la olvidan, los pueblos guardan en la memoria los grandes hechos de heroísmo, y la figura de un grupo de hombres, enfrentados primero a militares criminales (aunque hagan bembitas sus descendientes cuando los señalen como tales) y luego a las tropas de Estados Unidos, la potencia mejor armada de la Tierra, que vino a intervenir en una acción abusiva.
Hoy, es preciso que todos rindamos homenaje a Caamaño Deñó, el militar valiente, el ejemplo de valor.
Su inmolación en las montañas de San José de Ocoa, en febrero de 1973, lejos de restar a su figura, le añade valor.
Quienes dicen que no debió hacer lo que hizo, es porque ellos están en la onda de servir al enemigo, de seguir sirviendo a oscuros intereses por afán de lucro o por falta de vergüenza, que es lo mismo.
Hoy, cuando todos estamos conscientes de que Caamaño Deñó fue el militar de la patria, el valiente, el hombre que lo dio todo por la libertad y que estuvo dispuesto a inmolarse antes que servir a un gobierno despótico y criminal como el de los doce años de Joaquín Balaguer, vale hacerle un saludo, rendirle un homenaje.
Y decirle que sigue siendo el comandante de los hombres libres, el símbolo de los rebeldes, el espíritu de quienes no se rinden, el alma de quienes entienden que, a pesar de todos los pesares, tiene que haber patria.
Atentamente,
Luisa Camilo Castillo
Santo Domingo

