Opinión

Cartas de los lectores

Cartas de los lectores

El ahora de Haití

 Señor director:

Para la historia de Haití, en lo adelante, el  12 de enero estará marcado en la mente de la generación presente, y en las futuras, pero no de cualquier modo, pues esa catástrofe  ha devastado a ese país.

 La reconstrucción de lo arrasado, habrá de ser en el mediano y largo plazo, mas esas vidas ya se perdieron. Ha ha sido la historia en Haití, y en Santo Domingo, cuando le ha tocado, y en otros muchos países víctimas de tsunamis, huracanes, derrumbes, y actividades volcánicas. Esa desvalidez al desnudo, hace pensar  en las clases gobernantes de los países más pobres, donde a pesar de eso, se hacen – con frecuencia – inversiones  suntuosas y cuantiosas, de puro embellecimiento que pretenden  ocultar lo feo de la histórica miseria.

Hoy estamos frente a ese análisis que aconseja y exige atención a la vulnerabilidad, y a las  inequidades sociales con las que conviven en habitual despreocupación, las autoridades.                    

Frente a  lo ocurrido en Haití, es natural y casi obligatorio que se produjera  el más grande movimiento de solidaridad efectiva. Muchos países, los económicamente más poderosos, han anunciado su compromiso con Haití.

A  propósito de solidaridad, una a página de oro en la historia solidaria y de humanitarismo, está dejando impresa la República Dominicana. Desde el momento mismo en que se supo de la catástrofe, el gobierno dispuso de ayuda en diferentes órdenes.

A estas acciones del gobierno, le siguió la población civil a través de sus organizaciones o mecanismos. Resaltamos esto, porque ¿quién no conoce de nuestras carencias?

Ese pueblo, desbordado en compasión, es el mismo de ayer y de siempre. ¿Por qué el asombro? Recuerdo haber dicho hace varios años en un escenario internacional de mujeres, dominicana / haitiana, a propósito de esa solidaridad que se nos regatea con diferentes propósitos, que en ninguna parte puede Haití encontrar un país tan solidario como lo es manifiestamente la República Dominicana, aunque esto, a lo externo, nunca haya tenido una justa valoración. No reconocer esta virtud, o simplemente dudarlo, es desconocer nuestra identidad como pueblo, es pecar de injusticia.  Si ahora la solidaridad con el dolor de Haití  ha tenido esa dimensión, ha sido por lo desproporcionado de la devastación sufrida.

Atentamente,

Melania Emeterio Rondón

Santiago

El Nacional

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