Defender lo indefendible
Señor director:
Resulta sumamente difícil, por no decir imposible, defender lo indefendible. ¿Y qué es lo indefendible? ¿Qué es lo injustificable? Bueno Las aguas se aclaran solas al paso de la corriente, proclama un socorrido dicho popular. Pero, ¿y qué significa? Preguntaría un chusco por ahí. La respuesta es sencilla. Usted ha observado lo sucio que se ponen los ríos cuando traen crecientes, ¡y después, cuando las aguas vuelven a su nivel, en dos o tres días queda clarito!
Una pléyade de imberbes y veteranos periodistas, o, como se dice ahora, comunicadores, caen en lo ridículo, defendiendo un gobierno al cual la población mayoritariamente le dará un no el 20 de mayo.
El disco se les ha rayado pregonando que el país no retrocederá. Pero ellos mismos, y los economistas del gobierno, aseguran que la presente gestión gobierna para la minoría, al vociferar que la macroeconomía está viento en popa y a toda vela, como diría un marinero. Ocurre, sin embargo, que las grandes mayorías habitan en la microeconomía, así de sencillo. Olvidan esto los comentaristas progubernamentales, pagados con los dineros que pagamos a los que nos cobran impuestos.
El asunto corresponde al pueblo dominicano, que somos todos. Y muchos creen que el pueblo no es sabio. Se equivocan quienes así piensan. En innúmeras ocasiones, el país ha respondido al llamado de la Patria. Muchos turiferarios olvidan las grandes jornadas cívicas del pueblo dominicano.
Al propio presidente Leonel Fernández parece que el poder lo ha obnubilado, embriagado, al extremo de ignorar u olvidar las enseñanzas de monseñor Fernando Arturo de Meriño. Olvidan que el poder es como una sombra, que pasa. Calculan mal. No contabilizan el tiempo, y la bonanza, los constantes viajes al exterior, las francachelas, el pago en los lujosos restaurantes con tarjetas doradas.
El momento histórico que vive la República Dominicana, y los hechos que vienen sucediendo, denotan que hay pánico, desesperación, terror, miedo de abandonar el inquilinato del Palacio Nacional. Han sido tantas las tropelías, que solo de pensarlo, tiemblan Pero ya es tarde, el país ha tomado su decisión. Sólo los salva un madrugonazo aventurero. Pero esto sería demasiado. La República Dominicana no merece esas pretensiones de quedarse por la fuerza. Así no.
Atentamente,
Juan Terrero Pérez
Santo Domingo

