Un matón en México
Señor director:
A principio de los años 70 se me confió una misión en México.
Al visitar la Embajada dominicana me recibió el cónsul general, don Purin Damirón, quien, desde joven, había sido asignado a la Embajada como ministro consejero, se casó en México e hizo del país azteca su segunda patria y, de su cargo, su elegante aunque discreto modo de vivir.
Balaguer, quien a fines de los 40 había sido Embajador allá, conocía el laborioso y eficiente servicio diplomático de Damirón y lo premió al nombrarlo cónsul general.
Purin, por el lado paterno, era hermano del embajador Eduardo Matos Diaz, casado con Matilde Aybar Castellanos, cuñada del Doctor Jose A. Bonilla Atiles, distinguido ciudadano e intelectual. Desde que llegué a Quisqueya disfruté del trato afectuoso de tan distinguida familia, sobre todo de mis contemporáneos, Toñin y Ninia, hijos de Toño Bonilla, a quien Purín más tarde se referiría en una inquietante narración que sus hijos confirmaron al detalle.
Efectivamente, Damirón me contó que, en cierta ocasión, se allegó a la Embajada un tipo con indiscutible facha de matón profesional. Damirón, como era su costumbre, lo invitó a unos tragos para enterarse de los últimos detalles de la vida en Santo Domingo. Avanzados los tragos, poco faltó para que el matón desembuchara su misión. Debia asesinar al doctor Jose A. Bonilla Atiles, de quien llegué a ser admirador y amigo.
El reputado intelectual habia gozado de la aquiescencia cercana de Trujillo hasta que, constreñido por ciertas circunstancias, manifestó públicamente que no podia adelantar a distancia de un año su decisión de votar, a favor o no, de la reeleccion de Trujillo.
Es obvio que Don Toño tuvo que escapar con su familia del país gracias a un status de residencia instalado con urgencia a su favor y de su familia por el cónsul de Estados Unidos, desde donde finalmente tuvo que recalar en México. Hasta allí llego el brazo del Jefe, personificado por aquel matón.
Purín llamó al embajador en México, quien se encontraba en Ciudad Trujillo. Balaguer, que no podia permitir, durante su gestión el asesinato de un dominicano, sobre todo, si la víctima era una ilustre personalidad, fue a ver a Trujillo, y el matón de marras recibió de inmediato su boleto de regreso.
Cualquier semejanza con otros hechos de la vida real o imaginaria es pura coincidencia.
Atentamente,
Lic. Francisco Dorta-Duque
Santo Domingo

