Opinión

Cartas de los Lectores

Cartas de los Lectores

Guillermo  León Asensio

Señor director:

Todavía no se había recuperado uno del duelo de su inolvidable hermano Fernando, cuando el domingo pasado, al salir a la calle, me anuncian sin pauta: “Otro de los hermanos León murió anoche en New York”. Me bastaba la referencia…

Me vino a la mente  mi última conversación por teléfono. Al preguntar a Guillermo por su salud, me respondió apesadumbrado. Traté de darle ánimo y le dije que “echara pa´lante”. Callaba. Recuerdo que cuando le dije: “Yo rezo por ti y por tu salud”. Sentí que se compungía callado. Siguió el silencio hasta que nos despedimos, pero nunca imaginé que iba a ser el final. Un final pesaroso que contrastó con todo el resto de cuarenta largos años de amistad profunda y bulliciosa. Porque así fue Guillermo; alegre y gentil pero llano y sencillo. Siempre servicial aunque sensato y juicioso.

Siempre recuerdo aquel día a principio de los 70’s en que explotó su alegría que se derramó hacia todos. Su risa, siempre contagiosa, competía con el canto de los chachases vecinos.

De regreso de Jamaica, su cuñado Carlos, que era Embajador en ese país, me había confiado dos muñecas para Stela y Chabela  y un riflecito, creo que “Mauser”, para Carlos Guillermo. Llegaron allí Fernandito y Tati con sus hijos. La animación fue grande y coronándolo todo, su adorada esposa Yin.

Pero, en otro aspecto de su vida, Guillermo se transformaba y parecía un reloj suizo en el cumplimiento de sus responsabilidades como empresario, socio y hermano.

La espinosa area laboral de una empresa que crecía continuamente era para el un reto vital. Su hermano Eduardo, al comentar una huelga de una empresa amiga, me dijo: “Tú no sabes el dolor de cabeza del area laboral que me quita Guillermo…”.

Era tan laborioso Guillermo y tan compenetrado con su rutina diaria de trabajo que, en una ocasión, después de su retiro, me invitó a su casa y, y cual no sería mi sorpresa, cuando me conduce al sótano y allí veo una amplia mesa de trabajo ejecutiva con todos los implementos propios de tal ocupación que había preparado para su supuesto retiro.

Cuando lo conocí, ya  había firmado un Pacto Colectivo con los empleados. Era una práctica moderna en aquellos días en que todavía muchos empresarios la declinaban.

Descansa en paz, buen amigo, no te olvidaré jamás.

Francisco Dorta-Duque

Santo Domingo

El Nacional

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