Una señora despreciable
Señor director:
Hoy hablaré, con responsabilidad y sin miedo, acerca de una señora que desde hace tiempo viene haciéndole un daño aterrador e irreparable a nuestra sociedad.
Simplemente ella es una mujer sin dignidad, que no conoce las palabras: detente, respeta, honradez, virtud, etc. A ella lo mismo le da que le llamen mujer hermosa, bruja fastidiosa o prostituta de baja calaña.
Lo de ella es jugar para siempre ganar con todos aquellos, ¡pobres tontos!, que suelen quedar deslumbrados ante su figura engañosa y cruel; siempre prefiere a hombres o mujeres de conciencias débiles y con deseos de ascendencia social o económica lo más pronto posible.
Esa señora, que crece y se mueve sin importarle la claridad del día o la oscuridad de la noche, en nada se parece a La Celestina de Fernando Rojas ni a Madame Bovary de Gustave Flaubert, mucho menos a Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. Se enamora tanto de hombres como de mujeres ¡qué desfachatez!
Esa mil voces repudiable y azarosa señora es propagadora del mal; una mujer sin moral, capaz de desacreditar, así como la ven, y de atrapar, en un santiamén, a los seres humanos de mentes débiles.
La habilidad de esa señora es temible. Goza, como usted ni siquiera se imagina, cuando el dedo índice acusador señala hacia determinada institución pública o privada.
Todos sabemos que esa fastidiosa señora no duerme. Vive siempre al acecho; esperando el menor de los descuidos a la mejor de las oportunidades para, vanagloriándose cual si fuera una dama, llegar y sentarse, acomodarse, y, dejando escapar una leve sonrisa, con su mirada penetrante, tenebrosa y a veces espeluznante, empezar la mejor de sus actuaciones: el arte de una seducción maldita.
Aun cuando no logra besar, abrazar a morder a su presa, se marcha muy oronda, como si nada hubiese ocurrido, diciéndose en sus adentros: No importa, volveré. Y entonces ya veremos quien es el más fuerte entre tu prudencia y mi imprudencia; entre tu honestidad y mi deshonestidad; entre tu moral y mi inmoralidad».
Y no me pregunte nadie como se llama esa endiablada persona, porque me imagino que ya todos han de saber que esa mujer, despreciable por dentro, lleva por nombre señora Corrupción.
Atentamente,
Oquendo Medina
Santo Domingo

