El PRD
Señor director:
La crisis del Partido Revolucionario Dominicano constituye una vergüenza nacional, al punto que mucha gente ni escucha ni lee lo que se dice respecto a esa crisis. El presidente del PRD no cede un ápice a favor de la unificación de esa agrupación, en una actitud dudosa y compleja. El presidente de un partido no es dueño del mismo y siempre debe buscar la conveniencia de su mayoría y la del país. Si ciertamente Miguel Vargas tiene alianza con el PLD debe tener la suficiente responsabilidad y valentía para declararlo públicamente. Él tiene el derecho de aliarse, pero no tiene derecho a empeñar el partido.
Prestantes personalidades se han reunido con Miguel y con las facciones en conflicto, pero Miguel no flexibiliza su posición. Unidos deberían estar haciendo su papel de opositor mayoritario, apoyando lo mejor del presidente Medina y rechazando las acciones nocivas a la población dominicana. Dirigir un partido político con pretensión hostil para castigar a una persona, a un grupo o a toda su colectividad, es un comportamiento avieso y de dudosa seriedad.
Se dice que Miguel actúa como usurpador de la propiedad del PRD, olvidándose de una masificada membresía que ama a esa agrupación. Hipólito Mejía debiera alejarse más y hacerse representar por intermediarios hasta enfriarse frente a la soberbia de su contrincante. Pero ambas facciones deben deponer actitudes e intereses y ceder el paso a nuevos líderes, para lo cual la convención es el camino idóneo, legal y plural. Y deben hacerlo antes de que sea muy tarde. No deben abusar más de las masas perredeístas.
Están empujando a las bases a ejercer su tradicional activismo político y estratégico para determinados logros. Ciertamente, deberían presionar con vigilias y marchas; con mensajes decentes a través de las redes sociales y de los periódicos, volantes y cruzacalles, programas radiales y televisivos y otros. Estos mecanismos de presión se ejecutan sin arenga de ¡tierra arrasada! Sin barricadas y sin competencia irresponsable e irrespetuosa entre los jefes de facciones, lo cual retuerce los objetivos de ese partido. ¡Convención! Es lo que demandan las bases, aunque los jefes de facciones no se quieran ni se hablen. Y que ganen los que resulten favorecidos de la libérrima voluntad de la mayoría. ¡Que suenen las viejas campanas!
Atentamente,
Lic. Santiago Martínez.
Santo Domingo.
