Opinión

Catalejo

Catalejo

En términos absolutos, la reelección presidencial no es mala per se, pero en la República Dominicana los presidentes que se han sucedido a sí mismos han practicado el despotismo.

Cierto. Otros que han ocupado la “silla de alfileres” sólo en un período, con sus diferencias y matices, también han profundizado los males de la sociedad.

La historia recoge cómo los que se benefician del poder respaldan el reeleccionismo y el continuismo, aunque para lograrlo tengan que mentir, envilecer, reprimir, asesinar o robar.

Se esmeran en apologías, ensalzamientos, loas y alabanzas —como se le quiera llamar—, al primer mandatario de la nación, sin importarles que éste promueva la corrupción y el crimen.

Algunos medran en esa deleznable labor desde la tiranía de Trujillo, insertados desde entonces en la nómina pública, depredando el erario y gozando de impunidad. Siempre flotan como el “corcho”.

Seguimos siendo víctimas de gente pervertida y ruin, que como el camaleón cambian de color. Los hay de todos los calibres, desde hábiles simulares hasta desfachatados.

Unos, son firmes en su reaccionarismo. Por eso, al ser ajusticiado Trujillo se aferraron al balaguerimo, y desaparecido el cortesano de la “Era”, asumieron con fervor el leonelismo.

Otros, pasaron del trujillismo al boschismo y de éste al conservadurismo guzmanista, luego al jorgeblanquismo y al hipolitismo.

Muchos, desahuciados en sus grupos originarios, se han mudado a otras parcelas políticas. No faltan los que han ingresado o aspiran cerrar filas en el miguelismo, otra versión de esa partidocracia.

Para esos especímenes, lo básico es recibir favores políticos y económicos del mandamás de turno o de los que aspiran a serlo, aunque tengan que hacer el papel de verdugos o de bufones.

El Nacional

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