La partidocracia que controla el Estado, convertido en una compañía por acciones, sociedad anónima o en una novedosa sociedad de responsabilidad limitada de unos pocos, no desea discutir programas.
No hace falta. Prefiere la intriga; divertir con nimiedades; sacarse trapitos al sol o mantener la oscuridad. Está consciente de lo afirmado por la belga Mia Doornaert de que la luz brota del choque de las ideas.
Un debate a fondo de los problemas nacionales terminaría educando a quienes los escuchen; evadirlo resulta coherente con su histórico desempeño de promover el analfabetismo.
Ya en «Maestros ambulantes», publicado en la revista » La América » de Nueva York, en mayo de 1884, José Martí sostenía una verdad de a puño: «Ser culto es el único modo de ser libre».
Antes había expresado: Ser bueno es el único modo de ser dichoso. De este hermoso atributo carecen los que parasitan en el Estado, que se niegan a discutir y resolver los males nacionales.
Los mismos que cuando alcanzan el poder absoluto, abusan de él. Reprimen a quienes crean conciencia para cambiar al país, si antes no los han chantajeado para lograr su adhesión o la autocensura.
Usan el dinero del erario para enriquecer a los que han convertido en bocinas y difunden todas sus mentiras, mientras asfixian a medios de comunicación para condicionarlos o amordazarlos.
La represión contra el diario digital El Siglo 21 el pasado viernes, es fruto de la intolerancia y del pánico gubernamental por lo que podría ser revelado. Avasallan también a otros medios digitales.
Todo esto nos recuerda la dictadura de Trujillo, al déspota ilustrado Joaquín Balaguer y a los asesinados periodistas Ramón Marrero Aristy, Jesús de Galíndez, Guido Gil, Orlando Martínez y Narcisazo.

