Bridge of Spies –
Un guion sobrio y desprovisto de todo subterfugio que refleja la estructura clásica de la vieja forma de hacer cine en Hollywood, una espléndida fotografía de JanuszKaminski y un par de solidas caracterizaciones, constituyen los principales valores de un film que, aunque interesante en sí mismo, no tiene el impacto o contundencia ni es todo lo sugestivo que uno espera.
El guion, escrito por MattCharman con la colaboración posterior de los reputados hermanos Cohen, es certero y preciso, a pesar de que a veces sale a flote una pizca de superficialidad –como el inconsecuente toque de humor que aflora en ocasiones.
La historia está inspirada en hechos reales, y arranca en Brooklyn, New york en 1957. Después de una caminata a un parque cercano, con la aparente intención de desarrollar una jornada de pintura, Rudolf Abel (Mark Rylance), es arrestado por el gobierno estadounidense acusado de ser un espía al servicio de la Unión Soviética.
La percepción es que Abel será condenado de forma ineludible, pero aun así, el caso es asignado a una prestigiosa firma, y ésta designa a James Donovan (Tom Hanks), un especialista en seguros y negociador nato para que defienda al que rápidamente se había convertido en una especie de enemigo público número uno.
La mejor secuencia de ‘Bridge of Spies’ sea tal vez aquella que da inicio al film y en la cual sin apenas dialogo ni música, pero con una angulación y fotografía impresionantes, Spielberg narra magistralmente el momento culminante que desencadena el drama y la historia misma.
Aunque impecable y cautivante en más de un sentido, donde la película falla es en conjugar o mantener el equilibrio entre el idealismo clásico e histórico del director Spielberg y el apego a la estructura cerrada de un guion más interesado en ‘convencer’ que en deleitar a la audiencia.
Hanks ha sido siempre efectivo y competente personificando al hombre común, enfrentado a situaciones extremas. Así que esta no es la excepción. Sin embargo, Rylance lo supera, y acapara la atención cada vez que ambos están en pantalla. Por eso la suya es la mejor actuación del film.
Sus facciones, sus gestos y su caminar no dicen nada. Son como los de un cuerpo vacío, sin expresión, pero al mismo tiempo, su estoicismo y resolución se revelan como una fachada que resguarda misterios cercanos y verdades ajenas.

