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‘Colao’: entre risas y aplausos

Sería casi un sacrilegio decir que ‘Colao’, en la que actúan dos de los comediantes dominicanos más populares y exitosos de los últimos 20 años, Miguel Céspedes y Raymond Pozo, y además, el reconocido actor Manny Pérez, y la talentosa y bonita NashlaBogaert; no es una película divertida.

De hecho, si lo es. Pero este es un sí un tanto condicional. La película será bastante o mucho menos divertida, dependiendo de qué tanto se identifique o no el espectador con los dominicanos.

‘Colao’ ha sido un éxito rotundo en República Dominicana, lo cual valida y refuerza la visión y el trabajo de los realizadores. ¿Ahora bien, dado que aborda un tema universal, podrá serlo también fuera de ese contorno? Aquí es donde afloran las dudas.

Como comedia romántica, naturalmente, el tema central de su simple historia es el amor, y maneja además, aspectos tan interesantes como la honestidad y la sencillez. Sin embargo, con la excepción de los dos personajes principalesque son, por cierto, los que menos diálogos tienen en el filme, ‘Colao’ adolece de dos elementos claves: espontaneidad y fluidez narrativa.

Debido a ello, la narración no solo se siente apresurada, cual si estuviera siguiendo la dramaturgia de otro medio, y no la del cine, sino sobre todo forzada.

En ese sentido, los diálogos de todo aquel que no sea Bogaert o Pérez no fluyen de forma orgánica, y por el contrario, se sienten mecánicos, ásperos y lo que es aún peor, compuestos a base de frases hechas dirigidas esencialmente a encandilar al público.

Esto ultimo es particularmente notorio tanto en los casos de Céspedes y Pozo, como en el de la veterana actriz Ana María Arias. Hay uno que otros caracteres incluso, que sólo pasan frente a la cámara para soltar un chiste -o un ‘buscapié’ (en la jerga del patio)- que provoque la carcajada. “Oye Antonio, guaya la yuca ahora para que después de coma el casabe”.

‘Colao’ es una película modesta, digna y plena de buenas intenciones. Su mejor valor o el más resplandeciente, en el plano técnico, y sin que ello represente menosprecio alguno de la eficiente labor del debutante director Frank Perozo, es la excelente fotografía de Juan Carlos Gómez. En ella, al tiempo que se resalta muy bien la belleza de Bogaert, también se refleja el imponente sentido de una ciudad ‘enorme’ a la que no se conoce.

El Nacional

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