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Cine y sociedad

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Después de haber transcurrido ocho meses de su estreno en Estados Unidos, ¿qué busca “The Lincoln Lawyer” en la cartelera actual? Es difícil saberlo si uno descarta el rol de ‘necesario relleno’ al que en última instancia habría que apelar. La película no es mala, y por el contrario resulta bastante entretenida, a pesar de que bordea las dos horas de duración y su tramo final no es del todo convincente.(Obsérvese el brusco giro del personaje de Frances Fisher, Mary Windsor, por ejemplo). Pero de ahí a llevarla al Fine Arts como el film que todos han esperado ver hay un gran trecho.

Matthew McConaughey protagoniza este thriller judicial sobre un abogado de Los Ángeles carismático y muy seguro de sus dotes profesionales, y su habilidad para lidiar con personeros del bajo mundo. El es Mick Haller, un defensor de criminales y traficantes que se mueve como pez en sus aguas en las cortes de la ciudad, mientras dirige ‘su oficina’ desde el asiento de atrás de un viejo automóvil Lincoln.

Todo marcha sobre ruedas, o casi todo si obviamos la separación de su esposa y colega (Marisa Tomei), con quien, no obstante, tiene encuentros íntimos ocasionales. Pero un día le cae por casualidad –¿o no?– un caso que al parecer tiene todo el potencial para llevarlo directo a la cima, y sin embargo, termina no solo poniendo en peligro su integridad física y la de su familia, sino sobre todo, cuestionando sus conceptos sobre la verdad, la honestidad y la justicia. Los problemas de “The Lincoln Lawyer” no lo representan McConaughey, quien con su intensidad y perfil de –abogado dispuesto a todo– ofrece una de sus mejores caracterizaciones, como tampoco lo es el sólido elenco que incluye no sólo a la desperdiciada Tomei, sino a Ryan Phillipphe y un William H. Macey en un personaje –detective asistente– breve pero interesante y enigmático.

Aunque no quedan muy claras las razones de la oficina desde el automóvil, donde el film falla es en su absoluta carencia de originalidad y en sus numerosos clichés. Con frecuencia uno cree estar presenciando una serie de televisión o un “collage” de las novelas de John Grisham que han sido llevadas al cine.

Ahora bien, con sus abundantes twists y el dinámico pulso narrativo que consigue impregnarle el director Brad Furman, la película entretiene y divierte de principio a fin.

El Nacional

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