The Irishman: Mafia, traición y muerte
The Irishman es como una alegoría sobre la mafia, la traición y la muerte. Es, o al menos se presume, el colofón de una carrera, una visión y un estilo de cómo explorar un tema.
Allí coinciden y se estrellan lo simbólico, lo metafórico y lo esencialmente moral. Hay personajes que representan la maldad y el vicio como Russell Bufalino (Joe Pesci) y Frank Sheeran (Robert De Niro); y otros como Peggy (Lucy Gallina), que simbolizan el bien y la virtud.
La película representa el regreso del director Martin Scorsese a un tema que conoce a la perfección desde que se iniciara con “Mean Streets”, en 1973, y luego continuara con “Goodfellas”, 1990,
“Casino”, 1995, y “The Departed” en 2006. Scorsese también ayudó a crear “Boardwalk Empire”, la exitosa serie de HBO sobre las operaciones ilegales de alcohol en Atlantic City durante la época de la prohibición.
Así que dada la dimensión y extensión de “The Irishman”, comprende varias décadas de la vida del gánster Frank Sheeran, (Robert De Niro), y toca además distintos temas; el film se revela como una sinfonía de la muerte y el dolor en clave de remembranza otoñal.
La carga de Sheeran, como gatillero al servicio del jefe mafioso Russell, es pesada y extensa, pero en él,
aún en las postrimerías de su vida, no hay espacios para el arrepentimiento sincero. Es por eso que los dos policías que lo visitan en el hospicio donde ve correr y confundirse el paso del tiempo, salen de allí con las manos vacías.
Esa es la razón también por la que una reconciliación con sus hijas, en especial con Peggy, quien quedó
marcada desde niña por una experiencia ocular, y desde entonces ha desarrollado un rechazo hacia su
padre cada vez más fuerte e insondable; se torna cada día más inalcanzable.
Aunque innegablemente cautiva, más por las actuaciones de un puñado de actores (De Niro, Pesci, Pacino, y Graham), y por la cinematografía evocativa y profundamente nostálgica de Rodrigo Prieto, lo cierto es que “The Irishman” no tiene el impacto emocional, la intensidad o el seductivo dinamismo de
otras producciones de Scorsese.
Esto en parte es entendible, en virtud de la concepción y longitud de la película –alcanza las 3 horas y media– pero no por ello se libra de culpa.

