Se dice que Green Zone está basada en el libro Imperial Life in the Emerald City, del antiguo corresponsal del Washington Post en Bagdad, Rajiv Chandrasekaran, pero la verdad es que lo que plantea el film pudo haberlo escrito cualquiera de nosotros.
La esencia de lo que cuenta la película recorrió el mundo de uno a otro confín, probablemente cientos de veces. Cualquiera que haya estado cerca de una televisión en los últimos 6 años escuchó acerca de las tristemente célebres armas de destrucción masiva de Irak, que por supuesto, nunca aparecieron. Pero ese fue el motivo por el que se fue a una guerra.
Y Paul Greengrass, el director de los dos últimos capítulos de la trilogía sobre el súper agente amnésico Jason Bourne, lo ha aprovechado muy bien. Parapetado detrás de ese conflictivo y jugoso telón, Greengrass encontró el marco perfecto para colocar una vez más en tierra de nadie a su intrépido protagonista.
Pero claro, Matt Damon no es aquí Jason Bourne, aunque Roy Miller su personaje y todo el frenesí estilístico del director Greengrass lo reclaman y evocan sin disimulo.
Damon-Miller es un subteniente líder de un escuadrón que busca en vano en el desierto Iraquí las famosas armas. La frustración se apodera del él por que los resultados no llegan; en entonces cuando surgen las sospechas de que algo turbio se mueve tras bastidores. Así que se lanza a desvelarnos lo que todos conocemos desde hace bastante tiempo.
Pero eso no importa. Como film dramático al servicio de una historia comprometida con sus postulados y con personajes creíbles, la película no llega a ninguna parte. Ahora bien, como thriller de acción salpicado de una dosis de política es otra cosa.
Apoyado en su imparable y vertiginosa cámara en mano, el director Greengrass construye un film tenso, ruidoso y, por supuesto, tan trepidante y frenético como las aventuras de Bourne. Ninguno de los personajes vale la pena, pero si algo debe agradecerse es que aquí al menos, mientras dura la película, la diversión está garantizada.

