El país y la sociedad dominicana tienen cerca de un año inmersos en una coyuntura típicamente política, con ribetes de crisis por momentos, debido a múltiples, variados e incesantes conflictos de sustancial trasfondo, en el marco de una dinámica y práctica sin precedentes en los anales de nuestra historia como nación. Siendo el más reciente, el torneo comicial municipal del domingo 15 de marzo, y su vergonzante proceso anterior.
Del mismo, el horizonte democrático de la sociedad dominicana salió fortalecido.
No tanto, por los indicadores electorales tradicionalmente utilizados para cualificar la democracia (partidos legalizados, libertad de expresión, etc). Sin menospreciarlos.
Si no, principalmente, por hitos o variables tales como: a. Renacida voluntad de lucha en defensa de derechos políticos y sociales, b. Vigilancia por respeto de tales derechos y de la institucionalidad, c. Demanda de transparencia y probidad de parte de las autoridades políticas (estatales) y de los partidos, d. Reconfiguración práctica de nuevos roles del sujeto social en el marco de lo político, e. Compromiso y sentido de participación e integración social, f. Apropiación de la política como una herramienta ciudadana, y no como instrumento exclusivo de una casta o élite. G. Nueva visión y conciencia creciente de los actores sociales como totalidad.
La República Dominicana de hoy pasa por una nueva realidad en lo que respecta a la forma de hacer política, al papel de los sujetos sociales y el rol a desempeñar por los partidos políticos. En este marco, se puede hablar de un antes y un después a partir de la victoria alcanzada en la defensa de la Constitución y el rechazo a su modificación con fines reeleccionistas. Aquellas luchas trajeron estas furias en defensa de los valores democráticos y la institucionalidad.
El espíritu cívico de la política ha venido vencido la desvergüenza del fraude y la intolerancia de poder.
