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La decisión de seleccionar y abordar partidos, movimientos y personas para plantearles la construcción del frente político social opositor, debe tener, por encima de cualquier consideración, elevado sentido de la realidad que permita estructurar una opción con vocación de poder y potencia suficiente para competir con el monstruo descarado del PLD, sin escrúpulos para gastar la fortuna necesaria en interés de alcanzar propósitos, sin importar el daño que pueda ocasionar a la economía. Todo, sin caer en una posición exclusivamente electoralista, desprovista de posibilidad de al menos lograr los cambios que permite la actual coyuntura.
La disyuntiva será tan simple como deponer intereses particulares, egoístas y nada patrióticos, o resignarnos a viabilizar con tan absurda determinación la continuidad del peledeismo en la conducción del Estado. Nos unimos o nos hundimos, como lo proclamara la representante de la diáspora en el acto de constitución de Coalición Democrática.
Somos muchos los que deseáramos contar con un tercer bloque, alejado de organizaciones tradicionales de aquí a las elecciones del 2020. ¿Es realista apostar por esa ilusión sin que implique contribuir a la perpetuación de lo que urge detener? ¿Acaso hemos obtenido lo mejor de políticos bien intencionados, pero obstinados en una autosuficiencia política que les ha impedido mayor beligerancia en el escenario nacional, dejando cancha abierta para que lo más negativo del espectro juegue solo? ¿Han sido más útiles al desarrollo democrático esos buenos ciudadanos desde quiméricas aspiraciones presidenciales que si hubiesen activado en posiciones menos trascendentes, pero importantes como regidurías, alcaldías, diputaciones, senadurías? ¿Puede negarse que nuestra incapacidad de unificarnos en las coincidencias que nos vinculan dejando de lado las minucias que nos separan, ha sido aliado de mayor valor estratégico para el PLD que sus bondades como partido? ¿Ha sido casual la intensidad de los esfuerzos de la dirección peledeísta en atraerse o mantener fraccionada la oposición política? ¿Prestarse a ese juego perverso no es peor que sentarse a armonizar con potenciales aliados que aun con visiones distintas convergen en el anhelo de hacer transitar el país por senderos diferentes?.
Manolo Tavárez murió defendiendo un gobierno del partido con el cual se negó a pactar para las elecciones de 1962. Por ironía, las razones que sustentaron esa actitud son esgrimidas por algunos para asumir conductas sectarias e intransigentes. El reto de Coalición Democrática es hacer comprender lo inútil de tal comportamiento y que el esfuerzo por alcanzarlo valga la pena.

