Este viejo cuento, que narraba con su gracia característica el genial humorista de sobrenombre Paco Escribano, tiene como personaje central a un hombre de escasos recursos que realizó su sueño de comprar una hamaca.
El día que la llevó a la casa para anudarla en dos troncos de árboles en el patio fue de alegría para él y su esposa, con la cual no había procreado hijos en cinco años de matrimonio.
Cuando la pareja fue disfrutando por turno de la comodidad adormecedora de aquella especie de lecho aéreo, se disputaban con frecuencia el derecho de dormir la siesta, o el de tirar un sueñito en horas de la tarde o de la llamada prima noche.
Generalmente era el marido quien mayormente usaba la hamaca para la siesta, debido a que su jornada laboral era de ocho a doce de la mañana, y de dos a seis de la tarde, como dependiente en una tienda de tejidos.
Un día el hombre recibe de un vecino la información de que tan pronto abandona en horas de la tarde el hogar para dirigirse a su centro de trabajo, un desconocido penetra a la vivienda para realizar variados tipos de juegos eróticos con su mujer en el colgante artefacto.
Como ocurre frecuentemente con los hombres víctimas de adulterio, inicialmente nuestro personaje no creyó la información, pero luego sacó valor para encargar a un pariente de que investigara la denuncia, y éste comprobó su veracidad.
Los días siguientes el hamacófilo anduvo con la cabeza agachada, como los perros obedientes cuando son regañados por el amo.
Pero un día cualquiera cambió su estado anímico y su porte, lo que motivó que la gente pensara que había decidido aceptar con resignado beneplácito el peso de las simbólicas cornamentas.
Cuando el pariente informante, en medio de una parranda en un prostíbulo, le preguntó acerca de la situación de su mujer con el amante, la respuesta se deslizó entre dientes que exhibían una sonrisa amplia.
– Felizmente acabé con esa aventura, porque aunque me vi obligado a prescindir de mis placenteras siestas, corté la hamaca y la vendí a buen precio, Tú sabes que muerto el perro, se acabó la rabia.

