Periódicos tan reputados como The New York Times hicieron caso omiso a las presiones del Pentágono para que no reprodujeran los documentos secretos sobre la guerra en Irak divulgados por la revista digital Wikileaks. Lo que en definitiva no quería Washington que se supiera era que de 2003 a 2009 murieron alrededor de 109 mil iraquíes, en su inmensa mayoría civiles. Pero además que se permitieron torturas sistemáticas, como golpes, quemaduras y flagelaciones, a causa de las cuales murieron por lo menos seis prisioneros. Pese a las denuncias, Estados Unidos, que dijo investigarlas, terminó por negarlas. El Pentágono había movilizado un ejército de más de 120 técnicos para evitar la difusión de los documentos, pero el tiro le salió por la culata. No consiguió siquiera impedir que los grandes diarios se abstuvieran de reproducir la difusión de los documentos, bajo el pueril argumento de que podían contener información potencialmente dañina. Como la censura no ha funcionado por esa loable independencia que caracteriza a la prensa estadounidense, la gran tarea ahora del Pentágono será hurgar en sus entrañas la fuente de Wikileaks.
