En México ni siquiera los pacientes hospitalarios están exentos de la violencia que ha costado unas 28 mil vidas desde que el presidente Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico. El último capítulo de la sangrienta historia lo representa el asesinato de 13 adictos internados en un centro de rehabilitación de Tijuana. Sicarios penetraron al edificio y abrieron fuego contra los jóvenes que buscaban superar la adicción a las drogas. Pero apenas dos días antes en Ciudad Juárez un comando armado había asesinado a 14 personas, en su mayoría jóvenes. La encrespada ola criminal traduce un mensaje tenebroso sobre el alcance del narcotráfico. Antes de ser acribillados, los adictos fueron obligados a arrodillarse. No se tra, sin embargo, del primer caso. En junio unas 19 personas fueron acribilladas por sicarios en otro centro de rehabilitación. El episodio forma parte de la secuela de muertes violentas que se repiten diariamente en la nación azteca. Calderón, a quien se atribuye haber fracasado en la estrategia contra el narcotráfico, no ha dado con una fórmula para terminar la sangrienta ola de violencia. Que es muy preocupante.
