Estados Unidos ha condenado la filtración de los documentados que comprometen su diplomacia divulgados por la página de internet WikiLeaks, pero ha dejado en el aire la veracidad de los informes. El asunto no está en condenar la publicación, sino en determinar si se corresponden con la verdad los documentos procesados por la publicación que dirige el periodista australiano Julian Assange. Antes que censurar el reconfortante ejercicio periodístico el Departamento de Estado también ha debido hurgar en sus interiores para determinar de dónde salió la información. A los medios lo único que les importa es que la noticia sea veraz y de interés. No están para censurarse ni rendirse ni siquiera frente a potencias como Estados Unidos. La secretaria de Relaciones Exteriores, Hillary Clinton, llegó a colmo de calificar de un robo los documentos divulgados, como si los periodistas de WikiLeaks sacaron ilegalmente los controversiales papeles. La publicación no sólo ha puesto en entredicho a la diplomacia estadounidense, sino su propio sistema de seguridad. Como cualquier otro medio responsable WikiLeaks ha cumplido su papel.
