No es posible hablar de unidad en el Partido Revolucionario (PRD) si hasta hay que aclarar que un apretón de manos entre el expresidente Hipólito Mejía y el presidente de esa organización, Miguel Vargas Maldonado, fue sólo un gesto protocolar, como si fuera pecado capital que dos dirigentes políticos de un mismo partido se saluden. Vargas y Mejía coincidieron en la reunión de la Confederación de Partidos de América Latina (Copppal), que se celebra en Nicaragua, donde en vez de pelearse optaron por saludarse.
Resulta que el dirigente perredeísta, Aníbal García Duvergé, de la facción de Vargas Maldonado, se apresuró a aclarar que ese saludo no fue nada cordial ni tendría ninguna implicación relacionada con un posible diálogo entre ambos líderes.
Alguien debería decirle a ese dirigente que la cortesía demuestra educación y buena costumbre, cualidades que no requieren ser explicadas. Quizás si Mejía y Vargas hubiesen intercambiado algunas expresiones fuertes o dejado de saludarse en esa reunión, el señor García Duvergé no hubiera ofrecido su apresurada interpretación sobre un simple gesto de civilidad.
