Reforma policial
La Policía, como admitió el pasado jefe del cuerpo, Manuel Castro Castillo, es una institución obsoleta, cuya estructura se ha quedado a la zaga de la modernización de la criminalidad. Necesita una reforma, pero no una reforma a la moda ni a la medida de intereses, sino para que desempeñe el verdadero papel que le corresponde como garante del orden público y de la seguridad ciudadana.
Con la salvedad de que la reforma no constituye una respuesta automática a la criminalidad y la delincuencia callejera que son las que, en los actuales momentos, más perturban a la ciudadanía.
Ha de tenerse muy en cuenta que en tanto no se enfrenten las causas económicas, sociales, políticas, educativas, culturales y demás no es verdad que la Policía, por más científica que sea, podrá evitar la ola de violencia que cada día cobra nuevas víctimas.
A veces la reforma de la Policía se plantea como si la fiebre estuviera en la sábana. Para que no ocurra lo mismo que con muchas leyes que tras aprobarse se han engavetado, una reestructuración de la Policía tiene que ser el resultado de un compromiso que excluya los intereses políticos para que, como en Brasil, la entidad pueda actuar con la mayor independencia.

