En las clases de Epidemiología, que imparto en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, UASD, el cólera permeó todo el semestre pasado, y nos sirvió para corroborar nuestra máxima de que la manera de enfermar y morir de la gente va de mano de su condición social. No descubrí el hilo en bollito ni la formula del agua tibia al asegurar que los pobres son más propensos a enfermar y que por no tener a mano los recursos para atenderse adecuadamente se mueren. Eso estamos viendo con el cólera, la mayoría de enfermos proceden de los barrios marginados, y por si fuese poco se convierten en piezas de exhibición para los medios de comunicación que los presentan al mundo violando sus derechos.
Arrinconados en dos o tres hospitales, ya empiezan a sufrir, además, el rechazo de algunos de los miembros del equipo de salud, los que por temor al contagio cada vez le ponen más obstáculos a su recuperación, en particular en el Moscoso Puello, donde son objeto de burlas y rechazo tal y como reseña Altagracia Ortiz en el Hoy del pasado martes: El drama y el caos se impusieron en la Unidad de Cólera del hospital Francisco Moscoso Puello, en donde familiares de pacientes se quejaban por lo que definieron como discriminación y porque observan que a sus familiares les tienen asco y se rehúsan a limpiarlos. No hay sábanas para las camas y no les dan acceso a los familiares para que acompañen a sus pacientes.
Para mayor daño a nuestros pobres, mi Colegio Médico Dominicano ha preferido, en las últimas semanas, confrontar al Ministerio de Salud Pública, en lugar de sumarse a las acciones contra la epidemia como hicieron al principio, y en el mismo Moscoso se fueron a huelga en medio de la alerta roja que vive el país agudizada por los aguaceros. Eso llora ante la presencia de Dios. El tema pendiente de El Mesías será en la próxima de algo más que salud.

