Señor:
Hoy celebramos el Día de las Madres.
Buena ocasión para llegar a la conclusión de que las madres no mueren nunca.
Siguen viviendo por medio de sus hijos e hijas.
Los hijos que las tienen a su lado tienen una condición que deben valorar en tanto pueden ver y reconocer a ese ser tan único, tan entregado al amor de sus hijos e hijas, tan excepcional en la dotación de su amor, esa mujer que siempre habrá de estar al lado de sus criaturas, en la cárcel, el juzgado, la cama de hospital o donde sea, incluyendo el anacronismo de estar sufriendo al infinito cuando se encuentre frente al cadáver del ser que trajo al mundo.
Pero hay unas madres que hoy no están con nosotros.
Son unas madres que, cumplido su rol de gloria ignorada y de sacrificios imposibles de describir en un texto breve y presionado por la prisa editorial de un medio escrito, están ausentes, han subido a los cielos para disfrutar la luz del rostro de Jesús.
Las madres que no están en realidad siguen aquí. Siguen viviendo de muchas formas.
Con cada recuerdo. Con cada memoria agradecida.
Las madres que se han ido, hoy, no se han ido.
Deseo a todos los hijos que no las tienen, el entendimiento de que están ahora en el lugar que les reserva el infinito: el punto más elevado de lo etéreo.
Dedico estas palabras a José Rafael Lantigua y, con él, a todos los hijos que hoy no tenemos a quien entregar un regalo o dar un beso. Incluido el autor de estas líneas.
Amén.

