Por haber militado tantos años en el PLD, tengo amigos que aún preservan su membresía en esa organización. Es una decisión que, por razones obvias, debe respetarse, pero tratándose en muchísimos casos de personas honorables, que no persiguen enriquecerse con la política, resulta difícil no interesarse por conocer sus motivaciones dado el carácter incontrovertible que a tantos nos parece tiene la conducta corrompida que ha asumido ese partido desde el poder. No es fácil conciliar la contradicción de seres humanos honestos prestándose a ser partícipes de acciones de tal naturaleza.
Hace días sostuve una conversación con dos personas cercanas con las cuales desarrollé jornadas políticas intensas hasta que decidí renunciar del partido convencido de que por el sendero que transitaba, culminaría en el desastre que ha devenido.
Se trata de gente con las mejores intenciones y deseo sincero de que en el país se instaure una manera diferente de ejercer la política, que no derivan mayores beneficios de su adhesión partidaria, lo cual me hacía inclinar a indagar sobre las razones de su insistencia en continuar colocando sus prestigios personales y profesionales al servicio de una causa tan distante de sus normas vivenciales.
Sus respuestas, a estas alturas de los acontecimientos que han signado las gestiones gubernamentales del PLD, no llenaron mis expectativas. Me parecieron propias de aquellos que se aferran a algo o alguien por una vinculación histórica que produce acomodo y al mismo tiempo temor a intentar lo desconocido, lo nuevo, u ofreciendo justificaciones que apenas sirven para encontrar consuelo ante la ausencia del coraje que supone producir rupturas.
Pusieron de manifiesto la ineptitud crónica de la oposición, su incapacidad para concertar alianzas con vocación de poder, los pésimos desempeños que ha tenido cuando le ha correspondido gobernar. Su reacción fue el silencio cuando les ripostaba diciéndoles que al margen de la veracidad de ese aserto, no podía ser el fundamento para continuar apoyando opciones fracasadas.
Otro argumento fue decir que un espaldarazo futuro dependería del candidato a ser presentado. Al preguntarles por qué no contemplaban un candidato como Abinader, decían que por el desastre que fue el gobierno de Hipólito. Sin embargo, el nombre del peledeista que apoyarían ha tenido participación protagónica en los períodos del PLD, distinto a Abinader con Hipólito. En fin, debo continuar buscando mejores sustentos para explicar la obstinación en la solidaridad con el PLD de personas buenas que persisten en ese desaguisado.

