Mayor General, E.N. (DEM)
El aislamiento moral del perverso
es parte de su naturaleza.
Con frecuencia, lo lleva a la
Desesperación.
A. Shopenhauer.
El extraño comportamiento de los hechos que día a día engrosan la madeja del destino que hilvanamos en el discurrir de nuestras vidas, en ocasiones de manera caprichosa y casi inexplicable, sin lugar a dudas es el principal protagonista que incide para hacernos sentir bien o mal, héroes, víctimas o villanos, pero siempre dejándonos lecciones nuevas que aprender y sumar sus enseñanzas a eso que solemos llamar experiencia.
Por azar de ese mismo destino tuve un encuentro accidental, muy agradable y, como son la mayoría de las cosas y momentos gratos, de poca duración y de placentera recordación por siempre. Fue con un gran hombre, digno representante de lo mejor del empresariado dominicano, que más que comerciante, parece un caballero de la Corte, que en cada acción pone una nota de gallardía, honradez profesional y, sobre todo, se destaca por lo eficiente que es en las actividades y proyectos que emprende.
En ese furtivo encuentro, conversando sobre el gran filósofo nombrado Cicerón y sobre otros de la misma estirpe, nos llamó la atención que, muy a pesar de muchos de estos señores haber dicho o escrito sabias sentencias antes de Cristo, el contenido de éstas se presenta ante nuestra vista y entendimiento como si hubieran sido formuladas en el antológico y dichoso día de ayer, por la vigencia que mantienen y por las verdades y semejanzas con nuestra vivencia diaria.
Hoy, para poner un ejemplo, y parafraseando a Idelfonso Finot, en una publicación sobre Ideología y Socialismo del Siglo XX1, nos encontramos cómo describe a ese ser parasitario muy conocido en esta época, al que se le suele llamar intrigante. Esa persona lúgubre que pulula en las sombras de la mediocridad, que nunca aporta una idea brillante y mucho menos se esfuerza por alcanzar sueños colectivos y que prefiere andar haciendo daño a otros, porque sus secretas ambiciones más que sueños son pesadillas.
Cuánta diferencia entre este personaje de ambición desmedida y avaricia mercantil y ese guerrillero de las maniguas, el Generalísimo Máximo Gómez, cuando al escribir la historia de un hombre que fue esclavo, mambí y cimarrón y que era conocido como El viejo Eduá, manifiesta que existen lazos entre los hombres que se han comprendido, que ni las circunstancias más poderosas y potentes, en apariencia pueden romper. La nobleza de pensamientos y alteza de miras se levantan siempre por encima de las pequeñeces de hábito o de carácter.
Honor, nobleza, lealtad y honradez es lo que se ha estado escurriendo por las alcantarillas. Es la razón principal de la vigencia de todas aquellas cosas innegociables sobre las cuales escribían los antiguos sabios. Hoy, con gran pesar, hasta la famosa palabra del gallero, por responsable y noble, se tambalea en franca dirección al fango.
Sólo por eso, y nada más, es que sostengo, sin dudas ni temor, aquello de que con la dignidad no se negocia. Mejor sería andar por esos caminos tenebrosos y maquiavélicos en busca de un farsante o de un sofista, como uno de esos tantos expertos artificiosos que cual aves agoreras rondan por todo nuestro espacio, para que se haga cargo de todos nuestros males como sociedad, por aquello de que si quieres o deseas que no te roben algo de valor, es mejor ponerlo bajo custodia del mismo que todos conocen como ladrón.
Porque así estamos, farsantes y corruptos, que pululan en lo que se considera lo mejor de nuestra sociedad, que logran poner un manto de santidad ante todas sus bajezas y que esta sociedad farandulera y politiquera los encumbra, a sabiendas de la podredumbre que los acompaña. Por eso, en estos días escuché decir a un señor de señores; que en este maldito país, hay que ser ladrón o narcotraficante para ser considerado serio o ser llamado Don. Dolor y rabia me causó esta aseveración, pero carente de argumentos para rebatirlo, ¡qué pena me da!.
El pensar en esto me recuerda la historia infantil del Gigante Egoísta, escrito por Oscar Wilde, que prohíbe a los niños jugar en su jardín y como castigo el invierno se queda en su idolatrado espacio para siempre, donde no volvieron las plantas a florecer y el Sol a aparecer. Es como un símil que nos está sucediendo, al negarnos y cerrar nuestro entendimiento ante los principios éticos y morales, donde como castigo el manto de la corrupción y la permisividad, no nos permiten llegar a ver la luz que nos señale el camino bueno de la integridad moral y los buenos principios.
Culto a la personalidad, loor a la mediocridad y la falsedad. La superficialidad es una de nuestras características como sociedad. Lo perverso y malo de ayer, lo corrupto o sin razón, no bien ha pasado el día, cuando ya pasó al olvido y el que hasta hace una puesta de Sol era vapuleado de boca en boca por haber salido a flote lo que en verdad es, hoy, por la razón que sea, se convierte en héroe, y utilizo esta palabra sólo para ofender, porque probado está que nosotros somos especialistas en fabricar diamantes con cualquier porquería encontrada en el estercolero.
En vista de las razones anotadas, con el permiso del pequeño núcleo de personas serias y honorables que habitamos en este pedazo de Isla, para mí, cada día crece más la creencia de que somos una sociedad de mentiras y engaños, esclavos de la irresponsabilidad e incentivadores empedernidos del culto a la personalidad, y el que lo dude, que busque los trujillos y trujillitos y otros tantos nombres sonoros y no tan sonoros que por igual se anidan en los corazones y cabezas del rebaño de los desorejados.
Pero lo importante es, que para la dignidad no existen el hambre, amenazas, torturas, lágrimas ni padecimientos por los cuales el hombre deba claudicar y, si llega el fin último, el momento en que te pongan contra la espada y la pared, es preferible la muerte a la ignominia de la indignidad. Somos más los que no negociamos con la dignidad, que el pequeño grupo de degenerados que se desvían del camino recto y honroso. Indiscutiblemente que somos más, mucho más. Porque como dijeran los clásicos de la antigüedad: la dignidad no se negocia. Tan simple como eso. ¡Sí señor!.-
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