Opinión

Con o sin presión, no cambio

Con o sin presión, no cambio

Mayor General, E.N. (DEM)
“Las ideas son como las pulgas,

saltan de unos a otros,

pero no pican a todos”.

Bernard Shaw.

 Nuestros queridos y siempre presentes profesores de filosofía nos inculcaron muchos principios que por las verdades que encierran han modelado nuestra conciencia y conducta, perdurando a través del tiempo, muy a pesar de los cambios de costumbres, modas y globalizaciones, como ése que proclama “procura instruirte para que ni las circunstancias te dominen, ni tu razón se dé por vencida”.

Darse por vencido, ceder, claudicar en los principios es la muerte en vida más indigna que pueda padecer el ser humano que se repute como tal en su real dimensión, y, por el contrario, mantener la lucha por lo que y en lo que se cree como bueno, ético y moral es la mayor satisfacción y el premio máximo al que puede aspirar el hombre probo en sentimientos. Que nos acusen de rosca izquierda, odioso y hasta de hipersensible, pero nunca de traidor, inepto y mucho menos de corrupto, es el mayor orgullo para los que no somos parte del montón.

En eso debe estribar este batallar. De un lado el fango inmoral y corrupto y del otro los que no quieren ni permiten ser enlodados, enarbolando con deleite la bandera de mantener a raya las ambiciones naturales y obviando las palabras odiosas que cual dardos envenenados se nos disparan, a sabiendas de que las cosechas de odios y resentimientos nunca acabarán y que por tal razón no deben preocuparnos ni atormentarnos los argumentos ajenos más allá de lo razonablemente aceptable.

Estamos conscientes de que ante nuestra actitud las almas perversas se estremecen de pavor y en su interior, en sus entrañas, la envidia y la maldad las hacen sudar a consecuencia de su oculta y perversa culpa inmunda y traicionera, y, en la soledad, la angustia hace que de sus ojos broten lágrimas amargas y que sus gargantas esparzan frenéticos gritos, cual aullidos de lobos heridos y hambrientos.

Podemos afirmar que, sin lugar a dudas, el amor deberá ser la causa principal que nos cause la muerte, porque seguro estamos de que el valor cívico que nos acompaña no nos permite dar un paso atrás y, muy por el contrario, la realidad nos demuestra el miedo atroz que se apodera de esos seres abyectos, ruines y miserables que se mantienen operando siempre ocultos, recelosos de ver expuesto su malintencionado accionar a la luz del Sol, queriendo ocultarlo hasta de su propia conciencia, por lo que digo que no tienen valor para marcharme de frente, y por eso confío en que sea el amor el que termine con mi existencia, sin importarme si es rubia, morena o trigueña, como quiera que sea la muerte en manos del amor siempre será dulce y decorosa para un hombre amante de lo bello, natural y sublime, todo concentrado en la criatura más divina creada por el Señor: ¡la mujer!

Pero no podemos olvidar que estos seres viciosos y traicioneros no cambian en su accionar, si no son expuestos con nombres y apellidos a la mofa y malquerencia de la sociedad. Lamentablemente, por el momento podemos denunciar el pecado, mas no el nombre del pecador por razones harto sabidas –a pesar de que, para su remordimiento, todo el mundo sabe quién es— y no precisamente por falta de responsabilidad, sino por prudencia, hermano -como hacen algunos políticos- por prudencia. No vaya a confundirlo con miedo, mi hermano, prudencia, dañándome y aprendiendo de ciertos políticos, que bla, bla, bla, y nada de responsabilidad, pero no vaya a confundirlo con miedo. (Aunque por más ñe-ñe-ñe que yo diga, ese miedo ha sido mi eterno acompañante, lo que me ha permitido no caer en las indelicadezas inmorales y corruptas que asumen los guapos).

Establecido está que, al través de la historia -y más en épocas de decadencia moral, como ésta que nos acogota- aparecen esperpentos humanos, hombrecillos con ínfulas de gente seria, adornados con falsas noblezas, honores, títulos y rancias alcurnias, que en base a su astucia, capacidad para el engaño y cierto poder, logran sobreponerse a lo correcto y ético –aunque sea momentáneamente- presentándose como abanderados de las mejores causas cuando sólo son advenedizos de la suerte que hacen reír y al mismo tiempo llorar a las personas entendidas, por su menguado entendimiento, por la ruindad de sus viles acciones y por su hipócrita y solapada virtud que únicamente está en su oratoria y nunca en su interior o su diario accionar en la sociedad, que sería lo mismo que denominarlos como simuladores y malévolos.

Irresponsabilidad, falsía y engaños es el día a día de estas personas, que al igual que los asnos “pueden entrar en el templo, pero no por ello se convierten en monjes”. No perdonan, porque como expresó Pierre Cornielle, “un envidioso jamás perdona el mérito”. Por eso vivimos en medio de este maremágnum, de lágrimas en lágrimas o de amarguras en amarguras, al descubrir la triste realidad descrita por Shakespeare, al expresar que “lloramos al nacer por tener que entrar en este gran escenario de locos”, y agrego yo, de sinvergüenzas y farsantes.

Ahora es pecado -“culpas del tiempo son y no España”- opinar sobre cualquier tema. Los enemigos brotan como agua hirviendo de un termal, todo esto porque se creen dueños, amos y señores absolutos de la verdad, porque su ideal es un libro sagrado, aunque olvidan a Jacinto Benavente, cuando dijo que “una idea fija siempre parece una gran idea, no por ser grande sino porque llena todo un cerebro”.

Por mi parte, en relación a eso no hay problema. Ya lo dijo Santiago Ramón y Cajal: “a los amigos, como a los dientes, los vamos perdiendo con los años, no siempre sin dolor”.

Así de simple, así de sencillo. A que me doble se me puede obligar, pero no me rompo. ¡Sí señor!

E-mail; rafaelpiloto1@hotmail.com

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación