Opinión

¿Con qué se come eso?

¿Con qué se come eso?

No hay que dar muchas vueltas para entender el porqué a la vuelta más o menos de una generación un pueblo que se levantó contra una intervención armada de la nación más poderosa del planeta no sólo se ha entregado, sino que ha renunciado al sentimiento patriótico, a tal punto que aceptaría complacido convertirse en una colonia o en nuevo estado de la Unión.

Por ese deseo, si  Estados Unidos vuelve a pisotear la soberanía nacional es posible que hasta los que combatieron en 1965  se pongan  del lado de las huestes extranjeras.

Todo se ha perdido, pero nada se ha ganado. Esa es la clave de la frustración que corroe a una población, que además de la incapacidad del post trujillismo para conducirla por senderos de progreso y bienestar, para colmo se insiste en enseñársele que lo bueno y confiable es lo de fuera. El orgullo que identifica al hombre con su entorno, su cultura, su realidad ha sido relegado en la democracia para dar paso a otras realidades, no como parte de un proceso intercultural, sino de inferioridad.

Decepciona que con el atraso para el desarrollo de las ideas que significó la dictadura de Trujillo, adolescentes y personas de todas las edades invoquen  el pasado como salida a la problemática actual. Y no sólo, que conste, por la depredación del patrimonio que legó al Estado y por haber pagado la deuda externa. Y que otros expresen sin  rubor que más gana República Dominicana como colonia o estado de la Unión que como nación soberana.

La bonita es que no hay forma de remitir el fantasma de Trujillo a las catacumbas. Tampoco  de rescatar e impulsar los valores patrios a favor de un proyecto nacional. Es insólito que a estas alturas la definición de este país sea, como decía Bosch, la de un pedazo de tierra  con gente.

No sólo se pierden sentimientos, sino que se reniega de la capacidad del dominicano para construir su destino. Esa es la razón por la cual se anuncia con tanta satisfacción, por ejemplo, que la Escuela de Maestros de la Universidad de Columbia, en Nueva York, preparará al personal técnico y a los educadores que laborarán en el rediseño del currículo escolar con el propósito de adaptarlo “a las nuevas competencias”.

Ninguna  asesoría está  de más, pero cualquier técnico dominicano, y en materia educativa  aquí hay lumbreras, sabe mejor que un extranjero lo que se tiene que hacer para elevar la calidad de la enseñanza. Pero mientras más se endiosa lo foráneo más hondo se sepulta la identidad.

Lo lamentable es que hasta los profesores tienen que coger la yola. La situación es tal que hablarle de patriotismo,  orgullo nacional y todos esos valores a cualquier persona, sobre todo joven, no es más que perder el tiempo. Llo más probable es que la respuesta sea: ¿con qué se come eso? Y porque los ejemplos de clase política ni dirigente alientan una dominicanidad que no deja los beneficios materiales ni proporciona la seguridad que da pertenecer,  como colonia o como otro estado, a la Unión.

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El Nacional

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