El predominio histórico que en el ejercicio público han tenido en este país las fuerzas conservadoras en desmedro de las liberales, ha tenido dentro de sus causas fundamentales la sistemática dispersión de sectores políticos, sociales y económicos que han permitido que sus diferencias, -casi siempre nimias-, prevalezcan sobre sus postulados comunes, -casi siempre principales-.
Esa circunstancia ha contrastado con la actitud asumida por sus adversarios que han tenido claro que para ellos lo trascendente es la preservación del poder y para eso han asumido conductas políticas que coadyuven a ese propósito esencial saldando el precio debido para lograrlo.
La nación, en sentido general, ha sido víctima de ese absurdo proceder que se ha traducido en resultados nefastos para su desarrollo democrático, propiciando derrotas electorales prevenibles o impidiendo victorias alcanzables.
Los ejemplos abundan, pero me quedo con uno. El Movimiento 14 de Junio, el que en rebeldía por el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963 contra el Presidente Bosch se subleva en las montañas precipitando la muerte de sus dirigentes mayores dentro de los que estaba nada más y nada menos que Manolo Tavárez, es el mismo que en la campaña previa a las elecciones de diciembre de 1962 se niega a concertar un pacto político con el PRD que hubiese significado su apoyo al primer mandatario por el que meses después sus líderes ofrendarían sus vidas. ¿Alguien podría citarme una incongruencia política de más calado?.
Sin que de ninguna manera pretenda afirmar que ese fue el caso que motivó la decisión que refiero en el ejemplo, es innegable que de examinarse las razones que han determinado comportamientos de esa naturaleza, encontraremos lamentables manifestaciones de egos hipertrofiados, protagonismos inconducentes, temas personales superponiéndose a aspectos políticos, rivalidades emocionales, pasiones desbordadas y, en fin, una serie de expresiones de pensamiento y acción dirigidos en mayor medida a priorizar lo individual sobre auténticas conveniencias nacionales.
En múltiples ocasiones, esa imposibilidad ancestral de armonizar disidencias, ponerse de acuerdo en asuntos medulares, probar que se actúa con sentido colectivo y que se está en disposición de asumir sacrificios personales ha terminado siendo causa de un fraccionamiento patológico que ha incidido en la proliferación irracional de siglas que han interactuado en el escenario político dominicano sin que las mismas reflejen ni siquiera una mínima incidencia política. Pero son los cotos sagrados de personalidades infladas.
¿Están dadas las condiciones para superar ese vicio político? Continuará.

