Cuando el movimiento nacional que exigía una revisión del contrato entre el Estado dominicano y la Barrick Gold tomaba fuerza a cada paso, llegando a los lugares más inhóspitos de Quisqueya.
El movimiento trascendió la frontera nacional para llegar a las comunidades del exterior donde viven dominicanos, quienes no dudaron en sumarse al clamor popular.
Y no era para menos, ese contrato constituía y constituye aún una afrenta al país, una vergüenza, una mancha en la historia del país.
El momento decisivo de este reclamo encontró su mayor nivel en el discurso del 27 de febrero de 2013, ante la Asamblea Nacional del presidente Danilo Medina. La expresión: este es un contrato inaceptable. No sólo constituyó un aliento de patriotismo, sino de pertenencia.
A partir de ese Discurso se verificó una conjunción de fuerzas que tenían hondas raíces, adquirió más y nuevos bríos y la lucha que se enfiló definitivamente hacia la conquista de lo legítimamente deseado: una justa y adecuada participación en los bienes que Dios dejó sobre nuestra tierra en la repartición universal.
Así, intelectuales, creadores y cientistas de todas las tendencias ideologías, partidos y riberas, con posturas publicas encontradas y diferencias de fondo entre ellos, súbitamente se nos presentaron unidos, para sorpresa del país, alrededor del Presidente de la República en su lucha por recuperar los beneficios justos del oro dominicano regalado a una empresa extranjera por el anterior gobierno del PLD.
Lo mejor y más destacado del intelecto criollo presentó credenciales en un hermoso e histórico gesto de patriotismo y desprendimiento: comprometidos de manera responsable con el destino de nuestra nación, damos apoyo público al Medina, por su histórica decisión de recuperar los justos beneficios que el oro debe aportar al país.
Y dentro de este movimiento que procura la recuperación de bienes propios y, sobre todo, de la dignidad nacional, porque después de todo, el discurso del Presidente, dentro de los atributos inocentes que posee, resalta uno: unificó al país en torno a un problema y elevó el sentido de ser humano de hombre y mujeres, mostró que somos, aún bien pequeño, depositario de las misma fuerza humana y social que cualquier otro ciudadano del mundo.
Y dentro de este contexto se inscribe la participación de un sensible sector del país que hasta entonces se expresaba dividido: los intelectuales dominicanos.
El documento
Más 200 firmas recabadas a partir de la iniciativa del poeta y artista plástico Pedro José Gris congregó voluntades que estaban dispersas.
La participación provino de diferentes litorales, se borraron las líneas que marcan actitudes, y se hizo un todo, uno y otro, abrazado en un propósito: la defensa de lo nacional.
El pensamiento se hizo práctico, la conciencia razón vital que concitó convocó y reunió a todos en un todo: apoyar al Presidente Medina porque le asistía la razón y más que nada estaba dándole respuesta a un anhelo colectivo: la recuperación de sus riquezas para con ellas enfrentar los diversos problemas propios de un país pequeño, pobre y, más que nada, históricamente zarandeado.
La adhesión cubrió el territorio de la República y más allá y, caso no frecuente en el país por la naturaleza de los firmantes y por lo politizado que se encuentra la sociedad, se reunificaron distintas tendencias, diferentes actitudes, se borraron líneas y el resultado fue un documento sereno y adecuado, que alejándose del clisé propio de estos documentos, alcanzó en algunos de sus párrafos gran certeza y profundidad, como este que citamos:
¡Solo un acto supremo de maldad y voracidad lucrativa puede maniobrar para que un pueblo que acumula siglos de necesidades materiales contrate y firme en contra de sí mismo!
De las acciones que ejecutaron los intelectuales se destaca la entrega del documento a la embajada del Canadá, país sede de la Barrick Gold, por parte de una comisión de intelectuales que asumió la representación de los firmantes.
Desde allí, como lo notificaron las autoridades diplomáticas que recibieron el documento, partió el texto redactado hacia el mismísimo escritorio del primer ministro de Canadá, quien habrá sentido la reprimenda que contenía el documento.

