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Construir confianza

Construir confianza

Pedro P. Yermenos Forastieri

La confianza es garantía infalible para el éxito de las relaciones de cualquier naturaleza. Perdida ella, las rupturas pueden dilatarse, pero más temprano que tarde, el colapso se hará inevitable. La dificultad mayor radica en que ser acreedor de confianza no es preocupación de todos. A muchos, poco les importa ser considerados como personas a cuyas palabras y acciones se puede apostar por la certeza, tanto de cumplimiento, como de coherencia. Para otros, es el único patrimonio con el cual no transigen y el que no están dispuestos a poner en riesgo sin importar la magnitud de la ganancia esperable ante la posibilidad de perderlo.
Una ausencia casi absoluta de confianza ciudadana constituye el más grave obstáculo que enfrenta la clase política dominicana para emprender, con buenas perspectivas, proyectos que demanden una decidida participación colectiva. Eso no ha sido fortuito. Construido de manera lenta, pero sistemática, con escasas probabilidades de que otro fuera el resultado, a través de años de decepciones; promesas frustradas; encantos desvanecidos que se quedaron muy atrás de las expectativas; expoliación obscena de recursos públicos que torcieron destinos naturales para engrosar fortunas particulares. Por eso, tanta riqueza de pocos y tanta pobreza de muchos.
Ese intangible que es la confianza, casi invisible en la misma dimensión de su potencialidad callada, es materia prima indispensable en cualquier circunstancia, pero de vida o muerte en situaciones extremas; en crisis profundas; en calamidades hondas; ante necesidades ineludibles de recurrir a medidas dolorosas, pero urgentes, a traumas que impactan, pero que, al mismo tiempo, son la esperanza exclusiva de poder resurgir y superar la tormenta. Es lo que hace posible el sacrificio con fe; el aporte de cuotas que solo se entregan en la seguridad de que el desprendimiento tiene sentido.
Hacia ese objetivo vital deben encaminarse las nuevas autoridades ante el reto portentoso que les espera de manejar un vendaval casi con las manos desnudas. Sin impermeables suficientes, con legiones de afectados que no solo esperan con legítimo derecho, sino que están agotados de ser víctimas perpetuas de un juego en que siempre integran el equipo perdedor.
Los primeros pasos, aun sin el inicio oficial de la carrera, han sido dados en la dirección correcta. Es prematuro para vaticinar conclusiones, pero se percibe en el ambiente aroma de frescura que parece indicar que algo ocurrirá distinto a esta historia de desolación y tragedia. La nación está tan saturada como confiada.

Pedro P. Yermenos Forastieri

pyermenos@yermenos-sanchez.com

El Nacional

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