¿Seguiremos llorando?
Qué nos queda a nosotros, los arrinconados por políticos que se creen dioses y han quebrado los preceptos morales alcanzados en una historia de sacrificios? Porque como enunció Kant de que «es imposible demostrar la existencia de Dios con razones teóricas y lógico-matemáticas» [1763], asimismo es imposible olvidar que la moral —esa norma social que sostiene la quimera de un mundo modélico— fue arrinconada en el pasado siglo por dos monstruosas guerras e inútiles luchas ideológicas, que catapultaron la existencia humana hacia nuevos tipos de explotación del hombre por el hombre.
Algunos politólogos petulantes dirán que hoy gozamos de una vida mejor porque disfrutamos de un mercado que nos ofrece teléfonos móviles, juegos cibernéticos, bachatas, merengues urbanos, ron barato, cerveza y viajes.
Creen que por eso estamos arribando al extremismo kantiano de gritar que «debemos cumplir la ley moral aunque se hunda el cielo sobre nuestras cabezas». Pero obvian que vivimos desafiando constantemente a los forjadores de los dictámenes medalaganarios que nos excluyen, azotan y exprimen, con las exiguas armas que tenemos, entre las que se encuentran las lágrimas, con las que esparcimos los dolores, purificamos los consuelos y extraemos las angustias profundas y recuerdos que aún guardamos como perlas en ciertos recovecos fisiológico para recobrar los instantes de alegría que tienden a diluirse en el existir.
Sí, nuestras lágrimas han desarmado las penas históricas; han logrado calmarnos; han abierto nostalgias y sensaciones de ilusión y espera.
Nuestras lágrimas han esparcido en el viento —como cascadas— consuelos y anhelos. Nuestras lágrimas han aminorado las furias cuando los simuladores y trepadores nos han pisoteado y acorralado, porque son gacelas etéreas que redimen y provocan los estadios melancólicos del alma.
Nuestras lágrimas han enjuagado las ofensas nacionales sufridas por intervenciones extranjeras, por dictaduras, agravios constitucionales, robos indecentes a las arcas del país, devastaciones y ultrajes, esfumándolos y convirtiéndolos en adalides de la paciencia, de la espera y, desde las humillaciones sufridas, aguardar por un mañana mejor.
Al llorar los desconsuelos y frustraciones, nuestras lágrimas brotan como riachuelos de savia y al fluir no nos pertenecen, se convierten en desahogos y consuelos que alimentan la historia y nos guían hacia el perdón, hacia el hallazgo de los gritos; hacia el sueño de las ilusiones aladas, hacia el temblor donde nace la pasión.
Al llorar —como enunció Voltaire— “las lágrimas fluyen para excitarnos a la compasión” recovecos fisiológicos, 1764.
Por eso, los canallas que nos hunden en la desesperación con sus proclamas elitistas y fantasías esculpidas sobre documentos demagógicos, con sus retorcidos complots para arrinconarnos, engañarnos y esconder sus acciones en un congreso de lambones, deben tener presente que hasta las lágrimas se secan y agotan, y será entonces que las convertiremos en una redención de amor compartido. Porque nuestras lágrimas, ¡al fin!, nos conducirán hacia los sueños perdidos.
Por: Efraim Castillo
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