La cáscara
Ese tegumento, esa cáscara, ese inmenso órgano que cubre carnes y huesos a la que llamamos piel, tez, dermis; ese ropaje de nuestro cuerpo cuyo color ha marcado diferencias, exclusiones, odios y guerras históricas, mantiene aún su maldito símbolo disociador a través de disimuladas e inútiles retóricas; de sarcasmos, revanchas y sospechas.
Sin embargo, esa cáscara es parte integral, trascendental, de lo humano, porque convive con nosotros desde apenas la segunda semana de nuestra fase embrionaria; y gracias a ella nuestro cuerpo se protege de las agresiones bacterianas con que la naturaleza nos acecha constantemente y debido a la melanina, el pigmento que le da su color, de la radiación ultravioleta.
Pero el color de esa cáscara es también una alegoría desdoblada y utilizaba como subterfugio para separar y aislar; algo que recuerda lastimosamente la teoría de la superioridad nórdica, aria, de Joseph Arthur de Gobineau (1853-1855) y el periodo de la reconstrucción norteamericana (1865-1877), tras finalizar la guerra de Secesión, la cual marcó la segregación racial y dio paso a conjeturas seudocientíficas como la de la supremacía blanca, apoyada y potencializada por el Ku Klux Klan (1865) y extendida a otros lugares del mundo.
La inclusión de la piel como un ardid para denigrar y descartar una población con iguales méritos sociales que otras, la equiparé a una metáfora creada desde la plataforma del racismo; la metáfora tal como la enunció Aristóteles en la Poética (335-323 a. C.)): “La aplicación a un objeto de un nombre que en realidad pertenece a otra cosa”, y cuya definición la amplió Paul Ricoeur en La métaphore vive (1975): “La metáfora es una predicación no pertinente en relación con la referencia habitual de los términos; generando así una nueva referencia y un nuevo sentido que se torna impertinente respecto del sentido literal”.
De ahí, que la piel como metáfora puede influir en el sujeto acomplejado que, huyendo de un ambiente segregado, emprende afanosas búsquedas para aclarar la piel, como hizo Michael Jackson y hace Sammy Sosa. Y ahí entran los blanqueadores químicos como pretexto (o coartada) para vulnerar la segregación.
Pero estoy seguro que Jackson no fue más feliz con la violación de su piel; él era famoso cuando se sometió a las operaciones que transformaron su figura y lo convirtieron en la caricatura que emergió de aquel proceso. A Sammy Sosa habrá que preguntarle si su blanqueo le ha abierto las puertas de la gloria; o si por el contrario su vida se ha convertido en una burla. Ni Willie Mays, ni Michael Jordan, ni Denzel Washington, ni Barack Obama, requirieron aclarar sus pieles para alcanzar la fama.
Cuando un ente social se avergüenza de su piel se diluye como sujeto; porque cambiar la piel con la que se nace por otra, es dejar de ser una realidad para convertirse en una mentira, en una falsificación, en un “no-ser”, en “la nada” (Sartre, 1943); es vagar de una categoría humana real a una categoría humana adulterada.
Por: Efraim Castillo
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