Si no fuera por el irritante descaro de una docena de funcionarios corruptos, a la gente no le afectaría pagar impuestos, aranceles y arbitrios, saldar deudas atrasadas con el Estado y aceptar como buenas y válidas las exageradas tarifas de electricidad y los combustibles.
Nos importaría un bledo que el gobierno disponga la construcción de obras no prioritarias e innecesarias.
O que descuide obras comunitarias fundamentales.
Pero esos funcionarios, ricos de la noche a la mañana, se pasean por las calles, insultando la inteligencia y la dignidad de un pueblo lleno de carencias, a pesar del crecimiento económico anunciado por el Banco Central.
Si son ciertos los indicativos y precisas las cifras de este organismo, entonces no cabe la menor duda de que estas fortunas apenas engrosan el patrimonio de cada uno de estos funcionarios.
Ayer, humildes peatones; hoy, propietarios de flotillas de carros lujosos, torres de apartamentos y cuentas millonarias en dólares.
Sus escandalosas riquezas representan, en ellas mismas, una afrenta que debería avergonzarlos.
Que hayan encontrado espacio para comprar dignidades y voluntades, no los exonera de esa afrenta.
Son temas de las más sórdidas conversaciones.
Escuchar sus nombres y verlos pasar les calienta la sangre a los humilde hombres y mujeres de todas las clases.
La clase más deprimida pasó a la indigencia. La clase media empobrece estrepitosamente, viendo reducida su capacidad de compra de los medios y mercancías de consumo diario.
La alta o poderosa se asombra de encontrarse, súbitamente, a estos patanes reclamando una igualdad social que el dinero y el boato no alcanza a darles.
Sucede que no es el hábito lo que hace al monje.
Pueden comprar lujosas casas, pero no un auténtico hogar. Todos los autos que quieran, pero esto no les da categoría. Las noches y la camas de una bella mujer, pero nunca su corazón.
Envilecidos, hacen un patético ejercicio de estupidez, explicado en su inestable riqueza.
Estamos ante una hecatombe que toca y lacera a toda sociedad. El drama no es menos dantesco, en términos éticos, que el de la Guernica.
Ganamos, los dominicanos, cada día que pasa, una indeseable reputación de pendejos y deshonestos, que ya traspasa nuestras fronteras.
Si no, pregúntenles a quienes tienen que relacionarse con otros mercados para hacer negocio. Vender o comprar.
Y uno se pregunta: ¿Para que afanarse en viajar y gastar tanto dinero en esas excursiones, si no podemos con tanto descrédito y desconfianza?
Como si esto fuera poco, tenemos que luchar en esos mismos mercados con la fama de inseguridad y violencia que han ocupado las calles de todas las ciudades.
