Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

Para el momento en que Napoleón Zayas y Ángel Viloria promovía el merengue en Europa y Estados Unidos como verdadera expresión folklórica musical del pueblo dominicano, aquí, en el país, se habían consolidado nueve o diez orquestas de extraordinaria calidad como no existían, tal vez, en la región del Caribe, inclusive Centroamérica. Esas orquestas eran las tres de La Voz Dominicana, “San José”, “Angelita” y “Melódica”; la “Generalísimo Trujillo”, de Luis Alberti; la “Maravilla”, de Puerto Plata; la de Antonio Morel; la “Selene”, de Montecristi; la de los Hermanos Pérez, en San Cristóbal; la “Hollywood”, de Santiago;  y la de Rafaelito Martínez, en La Vega. Sabemos que en otras provincias, particularmente en sus municipios cabeceras, existían buenas orquestas, pero ninguna se proyectó en el escenario nacional por medio de grabaciones y discos.

Para 1953 ó 1954, tenemos la seguridad, que en el escenario de las quince o dieciséis provincias que existían, en sus municipios cabeceras, todas tenían bandas de música; podía calcularse que había cerca de dos mil hombres jóvenes y mayores, integrados en las bandas municipales. Podemos poner como ejemplo el caso de la Patria Chica adoptiva del autor de esta columna, que es Montecristi: en esa histórica comunidad, cuna y escenario de episodios extraordinarios de nuestro pueblo, había cuatro bandas de música.; la del municipio cabecera, San Fernando de Montecristi; la de Guayubín; la de Villa Isabel, hoy llamado Villa Vásquez; y la de Pepillo Salcedo, comunidad ubicada en la desembocadura del rio Masacre, en la Bahía de Manzanillo, donde fue instalado uno de los puertos más importantes del país por el cual se exportaban guineos o bananos, producidos por la División Berlanga o Grenada Company, de la United Fruit Company, la más poderosa empresa del capitalismo agrícola del mundo.

Las bandas de música municipales, casi en su totalidad, los instrumentos que usaban, con excepción de los redoblantes, los platillos, el “drum” o tambor, y las liras, cuando las tenían, eran de excelente calidad, igual que los instrumentos de viento como los cornetines o trompetas, saxofones, altos, clarinetes, flautas, bombardinos, y bajos; y la experiencia, conocimiento y calidad de los directores de esas bandas municipales, eran realmente admirables. Estas instituciones de arte, provinciales y municipales, con  los arreglos propios para agrupaciones de esa naturaleza, en las retretas o conciertos, que se realizaban en los parques de cada comunidad, fueron las que dieron a conocer los merengues folklóricos, auténticos, no adefesios pornográficos sin melodías y ritmos.

El más conocido y viejo de nuestros merengues verdaderos es, desde luego, “Juan Gomero”, pero a ese debemos agregar “El Pelero”, “Dolores”, “Vete Lejos”, “Hatillo Palma”, “El Jarro Pichao” y “El Chivo”, este último totalmente distorsionado en su letra y presentado supuestamente como una expresión musical originado tras el ajusticiamiento de Trujillo en mayo de 1961.

El Nacional

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