Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

Inmediatamente después de ser develado el Movimiento Clandestino 14 de Junio y de haber hecho de conocimiento público general la Carta Pastoral dirigida por los dignatarios de la Iglesia Católica a Trujillo, el 25 de enero de 1960, ocurrió un episodio que no tenía antecedentes en la vida política dominicana. Encabezado por el doctor Mario Read Vittini, conocido abogado, oriundo de San Cristóbal, que desde muy joven había ocupado importantes posiciones en el tren burocrático del Estado y en importantes cargos políticos, hasta llegar a desempeñar las funciones de vicepresidente del Partido Dominicano y miembro de una distinguida familia de la sociedad sancristobalense amiga de Trujillo, un grupo numeroso de jóvenes buscó asilo en la Embajada de Brasil, ubicada en la Máximo Gómez esquina Doctor Correa y Cidrón, de la ciudad capital.

Lo extraordinario de ese episodio no fue solamente la arriesgada y valiente decisión de quienes se asilaron, sino también la forma de cómo buscaron  el asilo, ocasionando la muerte de dos agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), a tiro limpio, acompañados de Caridad Díaz y de su hijo Nabucodonosor Henríquez, alias Nabu, hermana de Modesto y Juan Tomas Díaz, quienes para ese momento hacia años  conspiraban para eliminar al dictador. Al asilo de estos jóvenes inmediatamente  se sumaron otros asilamientos en la Embajada de Argentina y en otras embajadas hispanoamericanas. La autoridad de Trujillo, sus métodos arbitrarios, represivos y asesinos de gobernar, estaban frontalmente desafiados. Más adelante, el 24 de junio de 1960, auspició Trujillo el atentado contra el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt. Y a penas cinco meses después, el sádico, injustificable e inexplicable asesinato de las hermanas Mirabal y su amigo y acompañante, el joven Rufino de la Cruz, de conocida conducta antitrujillista en su lugar de origen.

Como antecedente de esos episodios estaba el asesinato de Ramón Marrero Aristy, el 17 de julio de 1959, y el asesinato, en los primeros meses de ese año, de Los Panfleteros de Santiago, crimen masivo en el que perdieron la vida cerca de 30  adolescentes, acción que no podía ejecutarse si no se tenía la aprobación o el consentimiento, expreso, de  Trujillo; y fue en ese periodo  que exterminados, también por expreso mandato de Trujillo, cayeron cerca de treinta sargentos de la Aviación Militar Dominicana, acusados de sabotear los motores de numerosos aviones de combate de esa institución militar. El sendero de sangre que inauguró Trujillo con el secuestro y la muerte de Galíndez, como hemos señalado en otras ocasiones, primero conmovió y aterrorizó a los sectores más sensibles de la sociedad dominicana, particularmente a la pequeña burguesía urbana y a sectores de la oligarquía tradicional y la incipiente burguesía nacional.

Los instintos asesinos de Rafael Trujillo Molina se habían desbordado y aunque en presencia de familiares y amigos y de su amante favorita, Lina Lovatón, negaba su responsabilidad por lo que estaba sucediendo, en términos históricos había llegado el momento de poner fin a ese huracán de violencia y crímenes que amenazaba con liquidar a numerosos miembros de la familia dominicana. Continuaremos…

El Nacional

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