En nuestra columna anterior narrábamos, públicamente por primera vez, detalles de una conversación sostenida con Trujillo en los meses finales de su vida en relación con las decisiones de un tribunal de la República, aceptando por incompatibilidad de caracteres los divorcios realizados dentro de las disposiciones de los matrimonios católicos establecidas por el Concordato de 1954. Al Trujillo afirmar que la responsabilidad humana, social y jurídica de lo que sucedía correspondía a Manuel Arturo Peña Batlle, Chilo, y a Joaquín Balaguer, señalando que eran abogados y maestros, con el respeto que el personaje nos merecía, respondimos que ni Chilo ni Balaguer habían ejercido la profesión de abogado nunca y que tampoco eran maestros, ya que en la verdad histórica lo que habían sido era profesores universitarios. Entonces Trujillo me calificó de contestatario, palabra que no habíamos escuchado nunca, y le respondí:
Yo desconozco qué quiere decir contestatario y sonriendo con los dientes apretados Trujillo dijo bueno dicen que tú le respondes a todo el mundo y que le das boches a las personas con las que hablas, y le respondimos esos son chismes para indisponerme con usted y presentarme como un joven agresivo e irrespetuoso, en realidad lo que he querido decirle es que Chilo y Balaguer no han sido ni abogados ni maestros; el que ha sido maestro soy yo, desde que tengo quince años de edad, que trabajé en la campaña de alfabetización que usted dispuso en 1951, tengo en mi poder todavía los lápices con la esfinge de usted y trabajé en los bateyes de la Grenada Company en Montecristi. Y como he sido maestro lo que me preocupa son las consecuencias futuras en el orden educativo de nuestro pueblo regido, ahora, por las disposiciones de un documento de carácter anacrónico anti histórico que pertenece más bien al siglo XIX.
Trujillo pensativo nos dijo bueno a eso hay que buscarle una solución y es cuestión de poco tiempo para hacerlo. Ya para ese momento Trujillo había sido enfrentado por la iglesia desde la Carta Pastoral de enero de 1960 y sus relaciones con esa Institución, incuestionable y visiblemente favorecida por él, se habían deteriorado porque como hemos relatado en otras oportunidades, se había puesto en ejecución un acuerdo no escrito entre el Vaticano y el gobierno de Estados Unidos para sacar a Trujillo del escenario político, obligándolo a dimitir o por vía de su desaparición física, a través del homicidio. La conversación no duró mucho más tiempo a partir de ese momento y Fortunato y nosotros nos retiramos y comentamos en nuestro viaje de regreso a la capital los detalles de ese encuentro. Años después de muerto Trujillo, fuimos enterados por Hipólito Herrera Pellerano que Trujillo le había dicho a su padre Hipólito Herrera Billini, Presidente de la Suprema Corte de Justicia, antiguo profesor del autor de esta crónica y una de las figuras más brillantes en toda la historia del Poder Judicial de nuestro país, lo que contaremos en nuestra próxima entrega.

