De ese proceso de la conspiración antitrujillista iniciado por Homero Hernández y Pupito Ellis Sánchez y más luego Juan Tomás Díaz, el autor de esta columna vino a darse cuenta después del secuestro de Galíndez, la muerte de Murphy y el asesinato de Tavito de la Maza, que la misma se había ampliado y, al parecer, tomado otros rumbos, incorporando a otras personas, cuyos nombres solamente ellos conocían. Además del grupo que se reunía en la oficina de Papito Sánchez, que hemos señalado por sus nombres, también estaba enterado Luis R. del Castillo Morales, nuestro maestro, primo político, protector y compañero, brillante profesional como abogado e intelectual de altos vuelos, desafecto al régimen de Trujillo, cuyo gobierno había negado otorgarle exequátur para ejercer la profesión y que pudo conseguirlo por la autoridad y el respeto que Rafael Augusto Sánchez tenía frente al dictador.
Además de Luisito, como le llamábamos en el orden familiar, estaba también enterado Carlino González Batista, compañero de promoción de Luis y de Papito, y antitrujillista señalado como hombre peligroso, hijo de Carlos González, alias Carlos Bigote, enemigo de Trujillo también, que había sufrido prisión varias veces. Carlino era, realmente como Papito, un hombre singular. En ese escenario profesional, político e intelectual transcurrió por muchos años nuestra adolescencia y juventud; y fue la junta continua y permanente con estos personajes que permitió que cultiváramos en nuestra conciencia, profundamente, la vocación por el estudio y la lectura en sentido general y aprender de ellos la responsabilidad como ciudadano.
Además de la autoridad y la influencia de Rafael Augusto, El Viejo, a quien llamaban Patuto, Luis del Castillo, Pupito Ellis Sánchez, Rafael Sánchez Sanlley, Papito, Homero Hernández Almánzar y Augustico Sánchez Sanlley, terminamos estableciendo una íntima amistad, más que con otros, con dos de los asistentes a la oficina de Rafael Augusto: José Aníbal Sánchez Fernández y Manolo González González, El Gallego. Estamos hablando de verdaderos antitrujillistas, la totalidad de los cuales, con la excepción de Papito Sánchez Sanlley, sobrevivieron la dictadura de Rafael Trujillo Molina y nunca, nunca, jamás, pasaron factura por su actitud de combatir la férrea dictadura. Con otro de los asistentes a la oficina de Rafael Augusto, José Daniel Ariza Cabral, que no necesita presentación, en el orden político, establecimos una amistad tan íntima que todavía hoy tiene matices de hermandad.
Trabajando en la oficina de Rafael Augusto, a partir de 1955, comenzamos a asistir a los tribunales, llamados Juzgados de Paz, del Distrito Nacional, actuando como pica pleitos, en representación de los intereses de la Reparto Villa Juana, C. por A., compañía por acciones de carácter inmobiliario, propiedad de la familia Peña Batlle, establecida en la Salomé Ureña esquina 19 de Marzo. Continuaremos

