Desde el 28 de octubre de 1960 hasta ahora, han transcurrido cincuenta y dos años durante los cuales el autor de esta columna ha ejercido la profesión de abogado aproximadamente cincuenta.
Abogado es el que ejerce y que asiste a los tribunales a litigar, defendiendo intereses cuando se ejerce en términos civiles y comerciales o como abogado en materia penal, que abarca un escenario más amplio porque en ese aspecto están incluidas las infracciones penales de menor importancia que son competencia de los Juzgados de Paz, para lo cual no es obligatoria la investidura académica de licenciado o doctor en Derecho. Los abogados también pueden ejercer la profesión como consultores de las instituciones u oficinas que componen el andamiaje burocrático del Estado y también como consultores del Poder Legislativo, que es en realidad el primer Poder del Estado.
Repetimos, abogado es el que ejerce de manera permanente y continua la profesión; se puede tener un título académico de doctor en Derecho o licenciado en Derecho, pero el autor de esta columna está más que sorprendido, realmente aturdido y confundido, por la indetenible avalancha de egresados de las cuarenta o cincuenta universidades que existen en nuestro país, investidos, ahora, con el titulo de licenciados que ha terminado desprestigiando, envileciendo y empequeñeciendo la profesión y más que la profesión, la composición del Poder Judicial, tanto en la composición de los Tribunales de Primer Grado como los Juzgados de Paz, así también como los Tribunales de Primera Instancia y las Cortes Civiles, Penales, Laborales y de otra naturaleza, que han convertido a ese poder del Estado en una verdadera Torre de Babel.
Estas columnas de Crónica del Presente las dedico a mis compañeras y compañeros de promoción que aun viven, que ejercen la profesión de abogado o de consultores en oficinas del Estado o en empresas privadas, porque para nosotros se merecen mucho respeto porque mujeres y hombres, civiles, militares o policías, que también fueron nuestros compañeros de promoción, en su inmensa mayoría, vivos y muertos, demostraron con su conducta, en estos largos años que han transcurrido, capacidad, honestidad y coherencia. A muchos de nosotros la suerte nos ha acompañado en el tránsito difícil de caminar con una toga en la mano, enfrentados al final de nuestra vida, a la realidad de ejercer ante un Poder Judicial profundamente incapaz y corrompido, con honrosas excepciones como sucede siempre en la vida.
Sin tener criterio religioso de ningún género, respetuoso de la sabiduría popular, deseo que con el poder infinito que esa sabiduría dice que tiene el Creador del Universo, solamente debemos decir ¡Que Dios guíe y acompañe al pueblo dominicano!. Y que guíe y acompañe como servidores de ese mismo pueblo a todos los que todavía trabajamos y vivimos como abogados, particularmente a los graduados el 28 de octubre de 1960.

