¡Pobre país!
La primera expresión que hizo pública que la patria dominicana existía, fue aquella expresión de Tomasa de la Cruz, cuando dijo en lo que hoy es la calle El Conde esquina Arzobispo Meriño, cuando un alguacil leía en 1795, las condiciones del Tratado de Basilea, suscrito entre España y Francia, que cedía a esta última la parte oriental de la isla de Santo Domingo. ¡Oh patria mía!; exclamó entristecida aquella mujer, auténticamente dominicana, que con su exclamación dejó constancia de que la patria había pasado por el proceso de transformación, desde la llegada de Cristóbal Colón a esta isla de la región del mar Caribe. Esta patria dominicana llamada por Fidel Castro Ruz, “Pueblo legendario, veterano de la historia y David del Caribe”.
Esa nación de la cual salió coherente, firme, valiente, la patria que convirtieron en república los fundadores el 27 de febrero de 1844, continúa siendo un pueblo admirado, y más que admirado respetado, porque es el pueblo americano que más ha luchado por los perfiles de ser nación y los matices de su personalidad, en cuyo escenario no se hablan dialectos, ni jergas, ni idiomas, que no sea el idioma o la lengua española como puede decirse también.
Qué firme y responsable ha sido este pueblo de mujeres y hombres que descienden de mujeres y hombres blancos y también de mujeres y hombres negros; y allá muy atrás, lejos, de aborígenes que dieron vida y proyectaron a Enriquillo, aborigen transculturizado, que hablaba español, lo escribía y leía y que fue en América el primer gran maestro de la guerra de resistencia conocida también con el nombre de guerra de guerrillas.
Este pueblo descendiente de blancos y negros es el único en América que ha luchado contra los españoles, ingleses, franceses, que volvieron a repetir esa lucha en 1808 en Palo Hincado, a partir de 1844 contra haitianos, comenzando en agosto de 1863, contra los españoles de nuevo; contra los estadounidenses en 1916 y de nuevo contra los estadounidenses a partir del 28 de abril de 1965, levantando la admiración de la inmensa mayoría de los pueblos de América, Europa, Asia y África. ¡Qué pasado más viril y hermoso! el de nuestro pueblo ahora, en estos momentos, agredido a cacerolazos por una juventud integrada por adolescentes, femeninos y masculinos, en el proceso de una crisis política electoral.
¡Pobre país!, de cuya expresión artística y musical, merengue, criollas, y de hace poco tiempo la bachata, géneros musicales que se escuchan en el mundo entero y atletas que provocan la admiración y respeto en deportes como béisbol de ligas mayores, en Estados Unidos de América, en Japón y otros países de hispanoamérica, llenando de satisfacción, de orgullo y honor a la inmensa mayoría de este pueblo que además con apenas 11 millones de habitantes, con la auténtica riqueza natural que como ríos, valles y montañas le ha dado la naturaleza, aunque al autor de esta columna le agrada decir que el nuestro es un pueblo tocado por la mano de Dios.
¡Fuera las cacerolas!, que tuvieron su origen en las protestas de Francia que se produjeron en la década de 1830, contra la monarquía absoluta de esa nación; luego vino a usarse esa forma de protesta contra el gobierno, patriota, revolucionario e independiente de Salvador Allende, para darle paso a la funesta y criminal dictadura de Augusto Pinochet. ¡Fuera las cacerolas en la lucha política interna del pueblo dominicano!

