¡La epopeya incompleta! (X)
Carlos Gómez, antiguo oficial de la Policía, joven, inteligente, activo y valiente, tenía en sus manos serias responsabilidades. Seria en abril una de las primeras víctimas de la contienda. En una situación común del escaso desarrollo político de las fuerzas de izquierda dominicanas, estas permanecían al margen de esos acontecimientos de tanta trascendencia que se desarrollaban en el país. Existían entonces tres partidos políticos revolucionarios: Movimientos Revolucionario 14 de Junio, Movimiento Popular Dominicano y Partido Socialista Popular.
Desde un punto de vista cuantitativo el más importante era el primero, particularmente por la calidad humana de los hombres y mujeres que lo componía. La muerte de Manolo Tavárez Justo junto a un importante grupo de sus dirigentes en diciembre de 1963 había infringido un golpe mortal a la organización.
En febrero de 1964, con su dirección nacional reducida, tenía un Comité Central inoperante que estaba representado por una Comisión Política integrada por cuatro miembros: Jaime Durán, Norge Botello, Roberto Duvergé y Juan B. Mejía. Aunque la Dirección del Movimiento fue informada en ese mes de los detalles de la conspiración militar, al parecer no dio crédito a las informaciones considerando que era imposible que del seno de las Fuerzas Armadas, integradas por oficiales formados durante el régimen trujillista, saliera un levantamiento con el objetivo de derrocar un gobierno apoyado por Estados Unidos.
Los conceptos de ¨dominación y control del imperialismo norteamericano sobre todos los sectores importantes de la vida nacional¨ se habían convertido en un dogma que no admitía discusión, que normaba todas las actividades del Movimiento Revolucionario Dominicano.
Esa situación llevaba a las organizaciones revolucionarias a levantar de manera permanente las banderas del socialismo como paso inmediato del proceso político nacional. Esa conducta invariable se manifestaba en pronunciamientos públicos en los periódicos cuando Bosch y un sector de las Fuerzas Armadas organizaban un movimiento democrático, para restaurar el Gobierno Constitucional de la República, elegido por la real y verdadera voluntad popular con más de seiscientos mil votos, gobierno que había puesto en ejecución un programa de reformas sociales, económicas y políticas que motorizarían el desarrollo e institucionalización de la sociedad.
Fueron las medidas tomadas por el Gobierno Constitucional y la conducta pública de su Presidente, la honestidad con que manejó los fondos públicos, con la independencia con que actuó frente a los poderes extranjeros, el respeto a los derechos humanos y las libertades públicas, lo que determinó con más razón después de su derrocamiento, la profunda y amplia simpatía de los sectores populares y de la pequeña burguesía profesional y urbana hacia el gobierno derrocado.
Esa simpatía ganó adeptos en las Fuerzas Armadas en cuyas filas irrumpió la corrupción y el desorden por las luchas grupales y terminó convirtiéndose en solidaridad nacional con las gestiones que se hacían para deponer el gobierno de facto. Comienza abril de 1965: al llegar abril las condiciones políticas estaban dadas para el levantamiento militar.
La fecha fue fijada para el lunes 26, pero por la vía de los funcionarios diplomáticos de Estados Unidos, el Gobierno se enteró de la conspiración. En la mañana del 24 de abril, el Jefe de Estado Mayor del Ejército recibió órdenes de apresar a los oficiales Coronel Álvarez Holguín y Mayores Lora Fernández y Ramírez Sánchez.
Por: Euclides Gutiérrez Félix
información@elnacional.com

