En la columna anterior, que es una de la corta serie que hemos dedicado al Mes de la Patria, recordábamos los juicios de nuestro padre sobre las playas del este, aunque más luego lo que había dicho lo llevó a su máxima expresión de admiración, cuando conoció Las Terrenas, en Samaná; afirmó con la autoridad y energía de su carácter, que esas playas eran las más bellas del mundo. Ahora, en los momentos actuales, en el año 2011, al volver en el registro de nuestra memoria la mirada hacia atrás y recordar las cosas que decía nuestro padre, que apenas había llegado al tercer curso de la escuela primaria, aumenta el respeto y admiración por su figura, al igual que con nuestra madre, maestros, tal vez igualados pero no superados en la escuela de la vida, de mis hermanos y hermanas, que nacimos y crecimos en ese hogar, que fue en el que el autor de esta columna aprendió a leer y escribir antes de ir a la escuela de kindergarten de Eloisita Heredia y más luego a la de las hermanas Amiama, en la ciudad capital.
Ahora transcurre el Mes de la Patria, la celebración del nacimiento de la República, proclamada bajo la inspiración de Juan Pablo Duarte, por Francisco Del Rosario Sánchez, Matías Ramón Mella y sus compañeros, el 27 de febrero de 1844; restaurada a partir del 16 de agosto de 1863 y sostenida con tropiezos, caídas y levantamientos telúricos, después de dos intervenciones militares de Estados Unidos de América; la primera en 1916 y la segunda en 1965, por la valentía, firmeza, poder de decisión y sacrificio de este pueblo legendario, veterano de la historia y David del Caribe como lo ha llamado el líder revolucionario cubano Fidel Castro Ruz. Ahora, en este mes de febrero, al recordar estas cosas y pasar balance en superficiales señalamientos de las condiciones excepcionales de riquezas que la mano de Dios nos dispensó a los dominicanos, ponemos atención al vaticinio de que en corto término de tiempo la humanidad entrará en una grave crisis alimenticia.
Pues bien, el pueblo dominicano ha entrado en un proceso de enfrentamiento, que depende del comportamiento de quienes lo componen y la responsabilidad de quienes lo dirigen de actuar frente a lo que el destino nos ha deparado, con la valentía, firmeza y poder de decisión que dejaron como ejemplo en su conducta los fundadores de la República, los restauradores de Capotillo de 1863, los actores de la Guerra de los Seis Años, episodio inigualable en la historia hispanoamericana, y aquellas y aquellos que a partir de entonces, en diferentes etapas de nuestra vida, combatieron y murieron por la libertad, la dignidad, el ejercicio de los derechos humanos, la independencia y la soberanía. Ahí, presente, está la tragedia del pueblo haitiano, desintegrado e irrecuperable institucionalmente, no importa lo que diga la Comunidad Internacional, los organismos internacionales, los ignorantes extranjeros o los pro haitianos dominicanos, traidores, no importa el disfraz que se pongan a los intereses y al destino de la República de Febrero de 1844. Continuaremos.

