Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

En el proceso de la vida, ningún hombre es dueño de su destino y ese proceso nos enseña, día a día, las situaciones que se nos presentan que nunca se han podido adivinar o esperar. Cancelado nuestro padre de las filas del Ejército, en octubre de 1944, partimos de Loma de Cabrera hacia la ciudad capital nuestros padres y nuestra tía Carmen, que nos había acompañado a esa comunidad. Llegamos a Montecristy y nuestro padre se detuvo en la casa de Isabel Mayer, Comisionada Especial Fronteriza del gobierno, después de haber sido la primera mujer elegida senadora en la historia del país y una de las primeras mujeres que desempeñó esas funciones en la historia republicana de América.

Doña Isabel y nuestro padre eran buenos amigos y  ella le dijo que se acababa de instalar en esta provincia la Grenada Company, empresa bananera subsidiaria de la United Fruit y que tenía estrechas relaciones con los ejecutivos de esa compañía y creía que nuestro padre debía quedarse para trabajar allí. Él rechazó la propuesta diciéndole que venía a establecerse en Santo Domingo para dedicarse al comercio. Era una ilusión poco práctica de nuestro padre, con 37 años de edad, de los cuales había permanecido 21 en las filas del Ejército. Cuando llegamos a la ciudad capital, Héctor Bienvenido Trujillo (Negro) lo hizo comparecer a su presencia y le comunicó que debía salir de la capital para residir en el interior y que había hablado con el senador Armando García Jiménez para que lo llevara a residir a San Francisco de Macorís.

Por lo que hemos relatado es que hablamos del destino de los seres humanos. Fuimos a vivir a San Francisco de Macorís, próspera comunidad cibaeña, se nos inscribió en la escuela El Salvador, primaria de varones, y una semana después en la Academia de Música del Ayuntamiento de San Francisco, que dirigía un distinguido odontólogo llamado Sixto Brea, quien era también director de la banda municipal, integrada por unos 25 músicos de incuestionable calidad. Los conciertos o retretas  en el parque de la comunidad interpretaban música folklórica que eran en realidad merengues, en su mayoría linieros, que hacía ya más de 27 años habían sido instrumentalizados para agrupaciones musicales de esa naturaleza.

Trujillo había llevado, a partir del 1930, el merengue a los salones, y los había impuesto en todo el país y en todos los municipios cabecera, en los cuales para 1945 existían bandas de música con instrumentos de extraordinaria calidad, estadounidenses y europeos. Esa era, en la realidad social y política de nuestro pueblo, una incuestionable manifestación o expresión de cultura popular.

El Nacional

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