El municipio cabecera de la provincia Duarte, San Francisco de Macorís, era para el momento en que la familia del autor llegó a residir allí, una comunidad de extraordinaria importancia en la vida de nuestro país. Región productora de cacao, cuyo precio en el mercado exterior, al término de la Segunda Guerra Mundial, había aumentado, y de otros rubros agrícolas, como el arroz y los víveres, y también por la riqueza y fertilidad de su suelo, para la crianza de ganado vacuno. Pero en términos culturales, era una sociedad con matices realmente admirables. En el registro de nuestra memoria, si no nos equivocamos, en esa comunidad había treinta hogares con piano y conocidas familias de importancia como la Simó, cuyos componentes, mujeres y hombres, eran músicos de primera categoría.
Tenía dos escuelas primarias que llegaban hasta el octavo curso; la Costa Rica, de niñas, y la El Salvador, de varones. La primera dirigida por una maestra formada en la concepción de la educación hostosiana, llamada Chea Bargés, y la de varones, dirigida por un maestro excepcional, personaje, como pedagogo, digno de admiración, Eugenio Cruz Almánzar (Genguito). La escuela secundaria, llamada entonces Escuela Normal, tenía el nombre, no sabemos si todavía lo conserva, de Ercilia Pepín y en aquel entonces, como hemos reseñado en nuestro libro Trujillo Monarca sin Corona, era su director Ángel Severo Cabral, que años después llegaría a ser una figura importante en la vida política del país.
El autor de esta columna, niño inquieto, agresivo y frontal, por espacio de más de un mes tenía que pelear a los puños dentro y fuera de la escuela, en las calles, en el parque, cuando bajábamos al Charco del Matadero en el río Jaya, en el barrio en el cual vivíamos, ubicado en el mismo corazón de la ciudad, en una casa propiedad de don Mendo García, padre de Buenaventura y de Chemene, que fueron parte de un grupo de niños compañeros del autor, que integraban los hermanos Horacio y César Ariza, Antonio Guzmán Ariza, primo hermano de los anteriores y médicos eminentes, que viven en el exterior, en los Estados Unidos y Canadá.
A ellos se sumaban Negro Zapata, Darío Castellanos y Abigail García, médico también, con admirable crédito profesional, director del Centro Médico Doctor Ovalle, de esa ciudad; Tito Rodríguez Conde, Alfredo Conde Sturla, Farik Ramia Rodríguez y Manuel Antonio y José Frank Tapia Curnillera, Fortunato Canaán, y quien dejó en nuestro recuerdo una huella profunda de admiración y tristeza, noble, valiente y aguerrido, Hugo Rivas, que perteneció al Movimiento Clandestino 14 de Junio, se fugó de la cárcel de La 40 y perdió la vida asesinado por agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), en los primeros días de enero de 1960, perseguido y apresado en el motel Keko, ubicado al lado de la Fábrica Dominicana de Cemento, situada en la avenida Máximo Gómez.

