La permanencia de nuestra familia en San Francisco de Macorís fue por corto tiempo debido a la inexperiencia de nuestro padre, quien ingresó a las filas del Ejército a los dieciséis años y había sido cancelado de la Institución cuando ostentaba el rango de capitán, comandante, en el municipio de Loma de Cabrera, considerado uno de los puestos militares estratégicamente más importantes por la cercanía con la ciudad de Cabo Haitiano que era, después de Puerto Príncipe, la comunidad más importante del vecino país en aquel momento. Más de veinte años en las filas del Ejército, desde la adolescencia, hicieron de nuestro padre un desconocedor absoluto en términos de negocios en la vida civil. En apenas año y medio, comprando y vendiendo frutos menores, había perdido más de la mitad de la pequeña fortuna que había ahorrado en su larga carrera militar.
A esa situación vino a sumarse la expulsión de nuestro hermano mayor, Mario César Augusto, de la Escuela Normal Ercilia Pepín, junto a cuatro compañeros que actuaban como grupo, sin ser sometidos a un consejo de disciplina, los cuales pintaban letreros en el tanque del patio de la escuela que decían: Trujillo asesino, Trujillo ladrón. Los miembros del grupo eran José Luis Perozo, alias Pichi, descendiente de una conocida familia enemiga de Trujillo; José Delio Guzmán hijo, fallecido; Graciliano Portorreal Polanco, alias Papito; Amado de Jesús Alcántara Cruz; y Mario César Augusto Gutiérrez. Aunque de común acuerdo el pequeño grupo de adolescentes, que no pasaba en edad de los diecisiete o dieciocho años, los que escribían los letreros eran Alcántara Cruz y Mario César. Ángel Severo Cabral, director de la escuela, presionado por las autoridades políticas, señaló a los cinco jóvenes como responsables de escribir los letreros.
Este inolvidable y triste episodio quedó grabado en nuestra memoria para siempre, porque Pichi Perozo, quien era realmente íntimo amigo de nuestro hermano, con apenas dieciséis años de edad fue asesinado en las calles del centro de la ciudad por esbirros militares que trasladó desde Santiago a San Francisco Julio Pérez, quien en ese momento era mayor del Ejército. Aquel crimen, horroroso, que consternó a San Francisco de Macorís, lo relatamos con amplitud de detalles en nuestro libro, o ensayo histórico, Trujillo: Monarca Sin Corona. Frente al fracaso, como comprador de frutos menores como se decía, de nuestro padre, la prudencia lo obligó a salir de aquella próspera y agradable comunidad y retornar a la ciudad capital.
Llegamos a Santo Domingo a mediados de 1946 y fuimos a vivir a una pequeña casa ubicada en San Juan Bosco, en la calle Martín Puchi esquina Cachimán, que era propiedad del sargento Horacio Frías, chofer de Negro Trujillo. Fue Negro quien le ordenó alquilarle la casa a mi padre, porque la nuestra, en la Doctor Delgado con Moisés García, estaba hipotecada y alquilada.

