Se me había olvidado. No lo hacía con tanta frecuencia, como cuando era niño. Calles alimentadas por callejones, recovecos y senderos indescifrables son cosas del pasado. Dinámica que nos muestra un orden social y material cuya efectividad aún persiste, tan útil como insuperable, cuando no insustituible.
Impedidos por el tiempo y una disposición urbana que nos priva de lugares tan vitales como concéntricos, nos sobran las ganas de caminar. Andar a pie era un lujo que fuimos perdiendo para caer en la trampa motora del auto confortable, si no lujoso.
Recuperar el espacio y el tiempo robado a la salud es, de hecho, una conquista invaluable que nos reconcilia, más que con lo más sano orgánico para consumir y disfrutar, con lo realmente lúdico y espiritual que puedas encontrar.
Estamos antes el feliz retorno de un ambiente parroquiano y familiar que nos facilita la amistad con sus bondades, expresadas en valores que la vida agitada e impersonal de las grandes ciudades han ido desplazando. Fue así por mucho tiempo, y nada impide que vuelva ser de nuevo. Salvabas apenas en pequeñas áreas concéntricas y amigables.
El clima citadino puede ser indiferente, y lo inhumano que nos permitamos. Lo cual tiene un muro de contención en el afortunado retorno que nos brinda la naturaleza. Y caminar al aire libre es vital y necesario para conseguirlo.
Si lo haces como parte de tu vida diaria, la dicha es inmensa. Aprende, entonces, a cruzar la calle. Mira hacia todos lados, que también es saludable, como conocer El secreto de las zonas azules, de Dan Buettner.
Por. Eduardo Álvarez
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