Aún siento respeto por la imagen que me devuelve el espejo al afeitarme, porque siempre he tratado de ser transparente conmigo mismo. Cuando cuaje nuestra aspiración a ser presidente, no habrá que hacerle muchos arreglos de marketing a mi imagen. Venderé lo que soy.
Esto viene a cuento, para dar gracias a un viceministro de Salud Pública, que, independientemente de que ya no sea miembro del partido de gobierno ni fui del equipo de campaña de Danilo, me tomó en cuenta, en base a mi experiencia como funcionario de salud, y, sin pedantería, por ser de los técnicos más calificados del sector, y por exhibir prendas morales que encajan con los primeros ejemplos dados por este gobierno.
Había solicitado la dirección del Centro Nacional de Control de Enfermedades Tropicales (CENCET), que atiende y sigue patologías de gran impacto como Dengue, Malaria, Leptospirosis, entre otras. En el 2004 también aspiramos a dirigir esta dependencia. El agraciado lleva ocho años allí. Se ha limitado a hacer lo convencional. Sin brillo. Sin abrir un imprescindible espacio de participación de la comunidad en las acciones de la entidad.
Por respeto a él, le hice saber nuestras aspiraciones, pero a pesar de que nuestra solicitud llegó en carta al ministro de Salud el 18 de agosto, conteniendo 10 aspectos que desarrollaría en el CENCET para los que ya contaba con empresarios amigos que aportarían recursos para cubrir las deficiencias presupuestarias del mismo, que lo han convertido en una entelequia y sus instalaciones en unas ruinas.
Nos cuidamos de enviarle copia, de esa carta, al ministro de la Presidencia. No han respondido, solo fue ponderada por el viceministro responsable de la designación, pero se topó con el obstáculo del rango militar del director del CENCET, que además es protegido por el flamante senador capitaleño y secretario general del PLD, para quien no soy más que la culebra que envidia la luz de la luciérnaga. Terminaré en la próxima de Cuando sea presidente.

