Opinión

Cuando un amigo se va…

<P>Cuando un amigo se va…</P>

Hay amaneceres en los que no encontramos luz, pero muy de tarde en tarde, nos juntamos con personas a las que con solo mirarlas a los ojos sabemos que son especiales.

Y entre ellos está Luis Adames, quien, muy a pesar de la inversión de valores que permea nuestra sociedad, nunca mermó el espíritu de solidaridad que le caracterizó.

Jocoso, jovial, alegre, y con expresiones cargadas de humor, compartía cada día entre sus responsabilidades en el cubículo Capotillo, en la redacción central de El Nacional.

Equivocado o no, defendía con gallardía en lo que creía, a pesar de que en su rostro jamás hubo expresiones de odio o rencor, ni de sus labios brotaron palabras hirientes. Es como si se tratara de un ser especial, que, ante cualquier dura realidad buscaba una salida humorística

Nacido en un hogar humilde, fraguó desde muy joven una vida de ejemplos y comenzó a caminar sostenido sobre la nada, sólo con el soporte moral que le cobijó desde niño.

Con él aprendimos que se puede crecer, madurar y progresar sin abandonar los principios, los nobles ideales y las altas misiones que hoy se vuelven en una vida de fluir constante.

Pero los enigmas existenciales a veces son indescifrables, porque cuando parecía que la vida le sonreía, que la familia se afianzaba y Dios le acompañaba en sus altos designios, llegaron los padecimientos y las irresponsabilidades médicas que lo condujeron a la muerte.

A pesar de que la barca de la muerte borrará tu figura, siempre nos quedarán los recuerdos; que, como dijera el poeta Octavio Paz: “Como si todo está lejos, no hay regreso, como si los muertos no estuvieran muertos, como si los vivos no estuvieran vivos. Hay un muro, un ojo que es un pozo, todo gira hacia abajo, pesa el cuerpo, pesan los pensamientos, todos los años son este minuto desplomándose…interminablemente’’

El Nacional

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